Mauro Mego  

El camino del medio

07/03/2016

La izquierda tiene en su identidad una serie de nociones políticas, culturales, filosóficas e históricas que la distinguen de otros perfiles, podríamos llamarles “de derecha” o “conservadores”. La izquierda tiende a ir a las “razones profundas de los sucesos que emergen en una sociedad”, estudia y examina la historia, el edificio social, las injusticias que encarna en su ADN nuestro sistema económico y social. De esa forma, los programas políticos de las izquierdas (concibiendo los diferentes grados, desde la socialdemocracia hasta la izquierda revolucionaria) ponen especial énfasis en las raíces de los asuntos de la vida social. De esa forma, por ejemplo, la delincuencia no es una “degeneración”, no es una alteración deliberada de un “orden natural”, no es un foco “indeseado y extirpable”; sino que hurgamos en las raíces, en su origen, en los “por qué” de los problemas humanos. No buscamos extirpar el fruto, sino cuidar la raíz. Vemos al ser humano como una víctima de las condiciones sociales, no como un gracioso victimario. La izquierda procura un cambio, en función de que concibe a la pobreza y la desigualdad como un asunto indeseable, vergonzoso, un drama moral. No cree en un “orden establecido e inmutable”, no cree que las “desigualdades generadas por la interacción social de nuestro mundo sean “naturales” e “incambiables”. Para eso, las izquierdas ensayan acciones, modelos, para pulir o dinamitar las razones que generan dichas desgracias humanas. Lo hace bien fortaleciendo al Estado en democracia, generando condiciones para “humanizar al capitalismo” o bien desarrollando acciones para sustituir el sistema por otro que no persiga la explotación del ser humano ni la consecución del lucro privado como horizonte. De estos ensayos hay para todos los gustos a lo largo de la historia humana, especialmente en nuestro “corto siglo XX”, como dijo alguna vez Eric J. Hobsbawm.

Nuestra propia identidad, brutalmente sintetizada en el párrafo anterior, se suma en el caso nacional a otra llaga feroz: el despliegue del aparato represivo en su versión de terrorismo de Estado (1973 - 1985) que nos marcó para siempre. Este cóctel, nuestra perspectiva ideológica junto con las heridas de los años oscuros, son dos elementos centrales que habitualmente toman cuerpo cuando hablamos de una de las materias más sensibles para los gobiernos del Frente Amplio desde 2005: la seguridad. Agréguese que también el Frente Amplio se dispuso administrar un Estado construido, dado, con culturas, con prácticas, con reglas ya establecidas, con vicios de décadas. El Frente Amplio no tomó el control del Estado “desde cero”, no dinamitó todo para empezar de nuevo, empezó desde dentro de sus entrañas a hacer cambios. Esos cambios han generado éxitos y fracasos, alianzas felices y feroces resistencias. Nuestra condición humana -dato confirmado- no es diferente por ser frenteamplistas, lamentablemente somos humanos, con lo bueno y malo de ello, las tentaciones y las renuncias. De esa forma hemos ido aprendiendo como Frente Amplio sobre la marcha, hemos tomado idea de este universo.

El Uruguay de los últimos -por lo menos- 40 años ha venido sufriendo cambios dramáticos. Algunos relacionados con cambios globales, propios de los avances de las sociedades occidentales (tecnológicos, culturales, demográficos) y otros particulares de nuestra realidad nacional. Un fuerte proceso de deterioro social y gradual ha sido la constante de nuestro país. Uruguay no es ajeno a los problemas sociales que han vivido nuestros grandes vecinos: Brasil y Argentina. Siempre hemos visto asombrados ambas realidades desde nuestra excesivamente autocomplaciente historia particular. Hace ya muchos años que no somos la “Suiza de América”, dejamos de ser “el país de las cercanías” o “la sociedad hiperintegrada” de la que alguna vez habló Germán Rama. El Uruguay fue pacientemente desintegrándose socialmente, fue viviendo un proceso de fragmentación social, marginación creciente que derivó incluso en la “territorialización de la pobreza”. No solo los orientales empezaron a diferenciarse respecto de su condición social, sino que esta terminó haciéndose espacial (de ahí los llamados “barrios marginales” que no son otra cosa que el embrión de las favelas o villas vecinas). De esa forma, uno sabe hoy -y lo puede ver en los indicadores por zona o espacio- que no hay un solo Uruguay, sino que hay varios, tan distintos que asustan. Espacios sociales con un comportamiento demográfico diametralmente opuesto al que a pocos metros se puede medir, niveles socioeducativos, formación, perspectivas, escalas de valores, hasta lenguajes y expresiones diferentes. En simultáneo el afianzamiento de la dictadura del consumo (peligrosa en la medida de que no todos los actores de la sociedad tienen los activos para enfrentarla o asimilarla), la masificación de las drogas (de diferente calidad según el sitio social en donde se esté), las “revoluciones ocultas” de las que habló C. Filgueira refiriéndose a los cambios en los arreglos familiares, y la desactivación creciente del sistema educativo público, otrora el gran agente integrador e igualador. El sueño vareliano se fue esfumando gradualmente y estos agentes ya no lograron contener el proceso anteriormente relatado. Ya no solo hubo escuelas por un lado y colegios privados por otro, sino que -y a partir de la fragmentación creciente-también dicha división jerarquizante también se llevó al seno de las escuelas públicas existiendo “escuelas de contextos críticos” y otras que no lo serían.

En este marco, tras el golpe fatal de la crisis de 2002 y subrayando que lo mencionado líneas atrás tiene también sus responsables políticos, es que hoy estamos mejor que América, pero peor que nosotros mismos hace cincuenta años atrás. En ese escenario se instala la seguridad como política pública. El Uruguay de 2005 tenía una agenda urgente: la asistencia a los miles de compatriotas pobres, indigentes, desempleados y la reconstrucción de la economía nacional. Fieles a nuestra idea de izquierda fuimos a poner al Estado al servicio del Uruguay real, el Uruguay que incluso comprobó que miles de orientales eran analfabetos, a través del programa “Yo Sí Puedo” de alfabetización. Sí, leyó bien. Fuimos a la raíz de los asuntos, a no dejar solos a los orientales (en espacial mujeres y niños) que estaban demolidos por la crisis y no sólo por esta. Porque el drama -y continúa siendo- radica en que la fuerza reproductora de nuestro envejecido país la tienen los sectores más golpeados desde el punto de vista social, es decir, allí nacen los uruguayos del futuro.

Pasado ese primer período de recomposición del Estado y la economía, la educación y la seguridad se impusieron entre las urgencias. Y en la seguridad la izquierda se encontró frente a un espejo complejo. Se pretendió instalar que el gran drama de la seguridad eran los “menores”. Esa embestida conservadora fue demolida por la voluntad popular, porque en primera instancia bajar la edad de Imputabilidad no ha sido en ningún lado una medida eficaz, no resuelve, era más una apuesta de efecto púbico que una solución. Pero cierto es que nos hemos visto conmovidos cada día más por noticias que nos muestran algunas cosas no menores. El nuevo Uruguay trae consigo también una “nueva delincuencia”. Entre el consumo de drogas, el fracaso del sistema educativo, las nuevas realidades familiares, el bombardeo del consumo, la construcción de un “Yo contra-cultural” hecha por algunos sectores sociales han sido un combo explosivo. Adiós Robin Hood. Lo cierto es que no se puede soslayar que la izquierda ha aprendido. Dignificó el salario policial siendo de los de mayor crecimiento, dotó del más grande presupuesto de la historia al Ministerio del Interior, mejoró el ingreso y la formación profesional de nuevos policías, se dispuso la dotación de nuevos servicios profesionales como Policía Comunitaria, Comisaría de la Mujer, inversión en cárceles, la construcción del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) para dar especificidad a la recuperación de los internos de nuestras inhumanas cárceles, combate a la corrupción y reestructura interna del Ministerio, etc. Pero más allá de estos datos objetivos que hacen que el Frente Amplio hoy tenga sobradas credenciales para hablar del tema en términos de gestión, el debate en la izquierda sigue. Y es raro. Por un lado la derecha exige -y es lógico- más mano dura y acción represiva, pero por otro lado se expone desde la izquierda que existe un “perfil represivo”. ¿No es una de las funciones constitutivas de la Policía la represión del delito? ¿A la Justicia y las leyes nos les cabe también un papel central en este tema?

Hemos relatado al inicio el escenario social en donde se desarrolla esta “nueva delincuencia”. ¿Qué códigos maneja? ¿Para qué delinque? ¿A quién roba o lastima? Allí el problema debe enfocarse abandonando la parcialidad con la que los uruguayos solemos ver la realidad. Así como es costumbre que muchas veces se vea, a modo de ejemplo, el problema ecológico sólo desde la perspectiva biológica (dejando de lado variables tan claves como la civilización del consumo, el capitalismo, los avances humanos, la demografía, etc.) en este tema de la seguridad se produce también un error similar. No podemos como agentes de izquierda abandonar la idea de que debemos incidir en la realidad social para generar condiciones que permitan que no haya uruguayos que tomen el camino de la delincuencia, debemos seguir afinando políticas sociales, pero también debemos evaluarlas, corregirlas, sin tabúes, por el propio futuro de la izquierda. Pero tampoco podemos ingenuamente desconocer el nuevo carácter de los problemas de seguridad, su nueva forma, sus nuevos códigos, su nueva praxis. No puede plantearse siempre dicotómicamente entre “más palo” o “dejar hacer” y esperar que las políticas sociales resulten. Hay que evitar que tenga seguridad quien pueda pagarla, hay que evitar canibalizarnos entre víctimas del sistema.

Hay visiones bastante intelectualistas, metropolitanas, que cruzan el debate público de seguridad con argumentos bien válidos como los referidos. Está bien discutir y estudiar la realidad social, incidir en ella para construir igualdad de oportunidades; intervención social en los barrios, acompañar a los niños que nacen hoy en el Uruguay, fortalecer la educación. Está claro que los delincuentes que hoy tiran sin mirar con un arma de fuego son producto de décadas de destrucción del tejido social, y cuyos responsables políticos hoy se erigen en paladines de la gestión, pero también está bien que barramos sin piedad las bocas de pasta base que envenenan pobres, los exterminan. Claro que no es sencillo, y mucho menos en el marco de un Estado democrático, basado en las garantías y derechos individuales tanto como en la presunción de inocencia, pero es importante que desde una izquierda que debe administrar esta realidad ambas cosas se compatibilicen: una acción decidida sobre la sociedad, con el desembarco de todos los recursos en políticas sociales y económicas necesarios, pero también la consolidación de un sistema honesto y confiable de seguridad ciudadana, basado -como ha lanzado el Ministerio del Interior en el quinquenio anterior- en la convivencia ciudadana, la interacción entre los actores que toman parte en la seguridad pública a los efectos de ser eficientes en brindar las garantías para los ciudadanos uruguayos. Con especial previsión del peligro que cuando la “inseguridad” ha crecido, las “soluciones” antidemocráticas tienden a aparecer en el horizonte discursivo, cuidado. Para cuidar la democracia y construir un horizonte más justo es importante hoy tomar conciencia de la profundidad del problema. Primero debemos hacerlo desde la izquierda porque la derecha sabe muy bien su libreto y su programa está en ciernes. No podemos dejar que el futuro nos depare renunciar a nuestras libertades (como ya se ha ensayado en otras partes del mundo) para atender los “peligros” sociales. La realidad nos exige sensatez respecto ya no solo del diagnóstico, sino de cómo incidimos en una realidad llena de sinsabores y resistencias, con un Estado que muchas veces “patea en contra” y lleno de humanos, con lo bueno y lo malo de ello.

Afinemos nuestras políticas sociales, incidamos con mayor éxito en el Uruguay partido en mil partes de hoy, no le demos la razón a la derecha que afirma que es un “gasto” todo el andamiaje social y económico que hemos puesto al servicio de los más infelices de nuestro país, pero también afinemos la confianza política, sin prejuicios filosóficos ni ideológicos y encaremos con responsabilidad y eficacia la acción ingrata de combatir el delito contemporáneo y la consolidación de un modelo democrático pero firme que permita el pleno goce de nuestras libertades pero cuidándonos más entre todos los orientales. Sin poses ni ingenuidades.

Publicado en: DIario La República.