Mauro Mego  

Hacia el nuevo Frente Amplio

16/02/2016

Nos esperan las elecciones que definirán la nueva conducción del Frente Amplio (FA) tanto a nivel nacional como en las diferentes departamentales de todo el país. De esta forma ya en los primeros meses del año comienza a tomar cuerpo la discusión respecto de “qué FA queremos” y “quién es la persona más indicada para dicha tarea”.

Naturalmente que estamos en un escenario complejo, que en algunas cosas tiene rasgos inherentes a los procesos políticos en general y en otras tiene particularidades propias de nuestra cultura política. Entre tantos elementos que podríamos definir como “problemas” o “desafíos”, creo que se impone uno: la relación fuerza política y gobierno - Estado. Este hecho tal vez ha sido el disparador de una secuencia de tensiones presentadas desde 2005 a la fecha. De fondo, pareciera, hablamos de una discusión estratégica no saldada, discusión que se volvió un laberinto una vez llegado el FA al gobierno nacional. Porque el FA fue construyendo una estrategia, no sin dolores, exitosa hacia la conquista del gobierno, pero una vez alcanzada la meta, la cuestión se volvió difusa.
Hay vicisitudes comunes a varios proyectos políticos, sobre todo de izquierda, en donde el gobierno suele fagocitar a la fuerza política. Hay muchos ejemplos al respecto que marcan un peligro general y una tendencia probada en otros lados del mundo. De ese modo los partidos políticos pueden verse absorbidos por la dinámica del gobierno y “vaciados” de compañeros y compañeras que otrora dinamizaban la estructura del partido a diario. El FA es una muestra de que algo de eso ocurrió, en tanto muchos compañeros y compañeras han sido absorbidos por la dinámica, los tiempos, y hasta las “microculturas” que existen en el Estado. La agenda de una fuerza política que gobierna incluye, por supuesto, el monitoreo y la defensa del proyecto político pero debe incluir también otras cosas, otras tareas que solo puede realizar un partido político. Y más aún cuando hablamos de un FA que desde su fundación ha sido un crisol de visiones progresistas de las más diversas y ha tenido una fuerte vocación crítica respecto de los asuntos nacionales. De alguna manera, el FA se vio “embotellado” por la realidad de un gobierno exitoso -salvo los opositores cerrados podrían discutirlo- pero asediado por un bombardeo mediático sin precedentes, por la explosión de las redes sociales y por las “nuevas demandas” de un Uruguay que abatió la pobreza y la indigencia cambiando el eje de los reclamos con los que asumimos el gobierno en 2005.
Los éxitos electorales trajeron consigo “dolores de crecimiento”, arribo de visiones bastante alejadas de la “cultura frenteamplista”, vocación por “crecer políticamente” de personas y sectores, enorme sectorización que no representa -a mi juicio- una pluralidad ideológica que la justifique, y algunas cuestiones de las que creíamos estar inmunes las personas de izquierda pero que la porfiada condición humana se encarga siempre de mostrar. Además el FA ha visto crujir en un mar de contradicciones a su cultura intelectualista y montevideana, de clase media alta, transformándose en un partido político que tiene la adhesión de más de la mitad de los uruguayos. Estos resabios de aquella cultura “de vanguardia” se ve en contradicción diaria con los dramas y las demandas de la sociedad uruguaya. Esta contradicción, sumada la vieja prédica anticentralista de la mayor parte del interior, es una de las que el nuevo FA debe encarar estructurando una nueva forma de lectura de los asuntos sociales del país todo, encarando la realidad como un partido que recoge adhesiones no-militantes cuya sensibilidad también es necesario abordar.
¿Es la forma y estructura del FA actual operativa para la nueva sociedad uruguaya? ¿Debe el FA abandonar su visión “defensiva” construida desde la resistencia en donde se creó para encarar la realidad como un “partido de masas” democrático? ¿Existe o ha existido una hegemonía ideológica interna en el FA? Creo sobre esto último que cuando se aduce que el FA “ha perdido su ideología” se comete un error de interpretación histórico, imagino que apelando a un supuesto “estado original” que se habría perdido por esta “contaminación” actual. Esto es un error. El FA siempre fue una construcción democrática y plural, que incluyó desde su nacimiento a concepciones de las más diversas, a hombres y mujeres de diferentes orígenes, dispuestos todos a ceder algo para construir un consenso general y común plasmado en un programa que es nada más y nada menos que una síntesis de esas visiones, llamémosle “progresistas”. Para crecer el FA demostró que siempre hay que ceder algo, siempre hay que abrirse a la generosidad, siempre hay que ver más allá de los deseos para asentar cambios en la realidad. Como ha dicho Pepe Mujica, no confundir infantilmente “deseos con realidad”. Si algo siempre fue el FA fue equilibrio y síntesis, amplitud y generosidad para abrir las puertas a todos los orientales con deseos de una patria más justa para todos. Pero además, lo más terrible que puede hacer un proyecto de cambio es no ver la realidad, no ver las complejidades, pensar que la voluntad de cambio radica en el voluntarismo de una minoría iluminada, o que basta desearlo para que suceda. Es necesario demostrar en la realidad, que estamos transformando de manera viable y sostenida en el tiempo la vida de la gente, de nada sirve proclamar preceptos ideológicos si eso no se traduce en transformaciones reales y mejoras para la amplia mayoría de las personas. La adhesión a un proyecto no debe ser cuestión de fe, y los cambios se harán al ritmo de que la sociedad disponga, no a pesar de ella. Como dijo Alfredo Zitarrosa alguna vez: “No hay nada más sin apuro, que un pueblo haciendo su historia”. Eso, más que el FA como entidad, debemos asumirlo los sectores que lo conformamos para evitar esa manía prohegemonizante con la que a veces nos embriagamos.
El presidente o presidenta del FA debe ser, ¿Joven o maduro? ¿Hombre o Mujer? ¿De Montevideo o del Interior? ¿Sectorizado o Independiente? ¿Qué esté ocupando cargos o no? Así es que, mal que nos pese, se desatan precandidaturas de las más diversas formas, muchas sobre operaciones políticas internas, otras sobre movimientos de opinión pública, otras sobre impulsos mediáticos. Esto desnuda muchas veces algunas carencias en las lecturas de la realidad. Creo puntualmente que es necesario atender que lo procedimental puede comprometer los éxitos futuros, no basta con creer que tal o cual compañero es “el mejor” para asumir la tarea de construir el FA si antes no discutimos qué FA queremos, o peor aún, corremos el riesgo de concluir la construcción “mesiánica” de compañeros a espaldas de la realidad.
Es saludable que esta próxima elección del FA sea lo más concurrida posible, demostrando dinámica e inserción en toda la sociedad y para eso es necesario asumir las bondades de la competencia. Está bastante demostrado que la competencia interna es, de alguna forma, la exposición pacífica y fraterna de nuestros disensos, que estimula al elector en la medida que tiene opciones varias y demuestra la vitalidad en la construcción de figuras políticas emergentes con miras, por qué no, a 2019 y 2020. No podemos darnos el lujo de no ver que la competencia interna enriquece y que requiere madurez para enfrentar dicha contienda evitando la lucha fratricida. Del mismo modo que la articulación para la presentación de candidatos debe de ser madura y responsable, no con saltos al vacío ni salidas mediáticas rimbombantes que últimamente son la moda.
El nuevo FA requiere una Presidencia que vuelva a pensar la realidad del país, atendiendo las particularidades del interior. Y eso no es el viejo llanto “anticentralista”, sino una demanda real de un Uruguay que no debe pensarse solo en base a criterios metropolitanos, una tentación permanente de la izquierda. El próximo presidente del FA debe ser de acción en el territorio, de recorrida permanente, de activa militancia política en todo el territorio, abriendo las orejas en cada rincón de nuestro país. No debe desconocerse la fragilidad de los proyectos de cambio en el interior habitualmente embestidos por el peso de las tradiciones políticas que viven y luchan allí. Eso requiere “desburocratizar” al FA agudizando desde la conducción la forma de abordaje de los dilemas nacionales y no solamente resolviendo como empresa o administrativamente, cuestiones que son de sensibilidad política y que muchas veces pueden resolverse solamente con una charla fraterna.
Debemos pensar la próxima conducción del FA como una tarea full time. Presidir una fuerza política que supera el 50% del electorado no puede ser una tarea de tiempo libre. Es un cargo que debe tener la jerarquía que merece. Por lo cual debe pensarse también que el compañero o la compañera que presida el FA pueda ser un aporte también para futuras instancias de la vida nacional, debe ser un espacio de visualización de compañeros y compañeras en el marco de una escases alarmante de liderazgos y relevos. Para construirlos se necesita tiempo y trabajo colectivo, por eso la elección que se viene puede ser un mojón importante en un proceso necesario.
No creo que la juventud sea un valor en sí mismo como garantía de “buen trabajo” o cambio. Pero de todos modos, también es importante dar señales de renovación, que no solo van de la mano con lo etario ni lo generacional. Existe una tendencia errónea a contraponer generaciones en diversas organizaciones políticas. Vuelve a ser necesario el equilibrio, ni los jóvenes pensar soberbiamente que todo lo de antes ya no sirve y que somos “preclaros” ni el rigor aplastante de la cultura “intocable” de militantes añosos. Aún así hay que dar el salto a la competencia abierta y plural, que incluya nuevas figuras pero que resulten de amplios diálogos al seno de las organizaciones, entendiendo que no existen los candidatos “a todo”.
Se necesita un FA más flexible, que no quede preso de sus estructuras orgánicas. Pero también un FA de acción. Los partidos políticos deben de tener una agenda propia que debe incluir: producción intelectual, formación, debates, espacios críticos, actividades concretas, movilización. Esto implica romper con las barreras burocráticas para tener un FA proactivo que genere hechos políticos, que se muestre activo e independiente de lo que hace el gobierno. La crítica que deriva en los medios debe tener canales internos claros y sin “gre - gre” en donde realizarse, debemos evitar que esa ausencia de espacios críticos o ese desinterés por generarlos lleve a la exposición carnavalesca de nuestros disensos en el marco de un mundo mediatizado y con el adversario observando.
El nuevo FA debe asumir desde su conducción que la batalla mediática es casi todo. Debemos abandonar lo que alguna vez fue exitoso como la folletería y la producción de diarios que terminan durmiendo en los comité, por vehículos más acordes a los tiempos que corren como Internet, redes sociales, pero también TV de masas y radios. Estamos en el mundo de lo audiovisual y los textos cortos, la poca paciencia, el “vivir el momento”. Más allá de juicios al respecto son las reglas en donde jugamos, y buena parte de la “batalla mediática” (casi no hay medios de izquierda de peso) será en ese terreno. De lo contrario los medios hegemónicos, las empresas privadas de comunicación seguirán marcando una agenda que es mucho más efectiva que nuestros esfuerzos. Está claro que las acciones del FA en esta materia tampoco van a resolver este dilema propio de las sociedades contemporáneas, pero deben por lo menos enterrar prácticas románticas que fueron exitosas en la era del “boca a boca” pero hoy ya no.
No sabemos quién será el próximo presidente o presidenta del FA, pero más allá de cuestiones secundarias, es necesario ir tomando nota de qué FA queremos y qué papel juega allí la conducción.

Publicado en: Diario La República.