Mauro Mego  

La Chacra grande

13/12/2015

Hace un rato pensaba el encuadre que daría al presente artículo. Estamos en fechas de balances y reflexiones de fin de año, pero no es menos cierto que los últimos días de la vida política del país han sido turbulentos y motivarían un sinfín de análisis y reflexiones. De modo que las presentes líneas estarán teñidas de balance pero también de reflexiones, no solo sobre lo transcurrido sino sobre el presente. Porque nos ha tocado en suerte navegar dentro de un proyecto político de izquierda que lleva los primeros meses de su tercera incursión institucional.

Eso abre el abanico de desafíos y agudiza una serie no menor de dificultades. Nosotros a lo largo de nuestras expresiones en este medio hemos venido dando diferentes visiones sobre lo que sucede: hemos relatado procesos departamentales, hemos hablado otras veces de estrategia electoral, hemos sobrevolado algunos detalles teóricos, hemos analizado desde lo emocional algunos sucesos, estuvimos pendientes de procesos regionales e internacionales y hemos hecho varios aportes autocríticos sobre nuestro ADN de izquierda y sobre nuestro FA con sus aciertos y sus errores, con sus ojos amplios y con sus cegueras. Pero, somos además hijos de un tiempo y de un espacio.

Pensamos todos estos dilemas insertos aquí en el interior del Uruguay, desde donde pensamos la vida y desde donde la vivimos, no desde una isla sino enmarcados en una visión de país.

Desde aquí solemos clavar la aguja en el seno de la cultura metropolitana de la izquierda uruguaya, solemos interpelar el peso de las corporaciones y de las fuentes de la cultura nacional. Pero además somos -en nuestro caso- hijos de la democracia. Hemos nacido y nos hemos criado en democracia, con la agenda pendiente de las décadas anteriores y con la propia agenda que nos ha dejado el Uruguay democrático. Nacimos al ejercicio ciudadano casi con la victoria del Frente Amplio (FA), hemos avanzado éxito tras éxito. Este hecho, lejos de dejarnos cómodos, nos obliga a ser más críticos y analíticos que nunca, porque en medio de esta vorágine cotidiana en la que algunos hemos tenido la responsabilidad de asumir tareas institucionales corremos el riesgo de que sea ese -y solo ese- el lente desde donde vemos la realidad.

La realidad no solo es porfiada sino que siempre es más vasta y compleja que el ángulo desde donde la miramos. Es, en este sentido, una obligación de quienes somos militantes de un proyecto político de izquierda que es plural, abrir el espectro visual para intentar considerar todos y cada uno de los elementos que interactúan en la madeja de realidad en la que nuestro país se juega su futuro. Hemos reiterado hasta el hartazgo que la izquierda es un mar de contradicciones, algunas heredadas de lo que fue nuestra estrategia hasta alcanzar el gobierno (algunas que hoy nos golpean la quijada) y otras producto de accionar sobre la realidad, con los efectos y los costos que esto tiene en cada uno de los sectores sociales.

El Uruguay ha cambiado desde 2005, haciendo que su gente viva mejor, achicando la pobreza y la indigencia, recuperando el sector productivo, diversificándolo, recuperando salarios, activando un amplio abanico de políticas sociales para los más postergados, y varios méritos más que son incontrastables. En suma: hemos desarrollado un proyecto de un Uruguay socialdemócrata, progresista, porque esa es la síntesis que resulta de esta etapa del FA. El éxito ha sido tal que en las últimas campañas todos los candidatos han ido detrás de ese rótulo “socializante” y de esa “vocación humanista” para poder disputar el poder a la izquierda. 

Muchos de estos candidatos, en el fondo, no solo no creen ideológicamente en esta promoción de derechos sociales y de libertades proactivas sino que llegado el momento jamás impulsarán elementos que en campaña señalan como buenos. Esto solo comprueba el logro alcanzado en estos años, tan importante como para que a ningún candidato se le olvide.

En este mar de complejidades asumió este año el tercer Gobierno del FA. Algo similar pasó aquí en Rocha en dónde también el FA asumió nuevamente el gobierno departamental. No quiero ahondar más en logros y perspectivas de gestión. Quiero desde este lugar hacer algunas consideraciones en épocas complejas. Hoy más que nunca debemos asumir algunas cosas y hacernos nuevamente preguntas esenciales para cualquier militante de izquierda, sea cristiano o promarxista, hay elementos que deben transversalizarnos y llevarlos a la práctica todos los días. El crecimiento del FA expuso aún más algunas cosas que, cuando éramos pocos no notábamos demasiado: el deseo de crecimiento político de muchos compañeros y compañeras, el apego a la exposición pública, el encanto por la “especificidad” ideológica, las aspiraciones al desempeño de cargos públicos (legítimas, claro está), las “discrepancias” de ocasión y “para la tribuna”, la construcción desde la ruptura, el burocratismo como argumentación, etc. En suma nos hemos encontrado con estos elementos-que podrían ser legítimos-pero también nos hemos topado en todos los niveles con la condición humana en toda su extensión: con sus riquezas y sus miserias. Y esto si bien es usado como argumento por quienes pretenden “correr por izquierda” al FA, y usado muchas veces para fustigar a compañeros que han tomado responsabilidades públicas, entraña algunas preguntas vitales.

Creo que la pregunta madre de este entuerto es: ¿para qué militamos? ¿Militamos para decir que somos los más revolucionarios de todos? ¿Militamos para resolver nuestros problemas personales y los de nuestro entorno? ¿Militamos para sentirnos importantes y como escalera hacia la concreción de buenos puestos públicos? ¿Militamos para quedar bien con todo el mundo y no asumir costos cuando de gobernar se trata? ¿Para quién militamos? ¿Militamos para toda la sociedad y para los que están más jodidos y sin voz, o lo hacemos para que nos aplaudan nuestros amigos? No quiero aburrir con preguntas pero resulta imperioso hacerlas para motivar reflexiones, más que para “dar línea” de cómo se resuelven dichos dilemas.

Sigo convencido de que para proponer una sociedad diferente y solidaria debemos empezar por lo cotidiano, acercar lo que decimos y hacemos lo más posible, buscar coherencia como ideal y como norte. Esto no implica pasársela enunciando como principista para después hacer agua por todas partes, vaya si tenemos de esos casos en estas comunidades pequeñas. Vemos muchos “justicieros” y “socialistas” que quedan en eso, enunciadores de redes sociales, constructores de perfiles que después no practican. Claro que no hay infalibles, todos tenemos el derecho de equivocarnos y de ser contradictorios en la vida. Pero en el caso de la “pregunta madre” descripta más arriba la cuestión se vuelve medular. Es muy importante saber que militamos para un proyecto político, un proyecto que abra, que incluya, pero que defina. Que diga “esto sí” pero que también diga “esto no”. No podemos encerrarnos en la pelea de las pugnas políticas sectoriales, en el tironeo de cargos o en la autopromoción. Debemos entender que no vinimos al Uruguay para hacer lo mismo que los otros, para mirarnos al espejo y aplaudirnos, sino que llegamos para dar esperanza de cambio a quienes entendemos están más postergados en este país. Que aún los hay. Esto requiere actuar con ejemplo, con renunciamientos personales. Implica dar señales, ser y parecer. No podemos sentirnos parte del “sistema político” como una casta que discute por Twitter, sino que tenemos que sentir la empatía con el vecino. Pero no bajo la premisa demagógica que es una tentación, sino desde aquella imagen que el militante, que se remanga para empujar este proyecto político, debe tener cuando ve a los compañeros. Ese que abre un comité, que hace las tortas fritas, ese que se pelea en el almacén con el vecino por defender el proyecto merece señales, merece ejemplo, merece saber que defiende algo y que quienes lo acompañan creen lo mismo que él.

No podemos darnos el lujo de quedar encerrados dentro de los mármoles de la agenda parlamentaria, entre los micrófonos, o entre las visiones complacientes. No hacemos todo bien, la ideología no puede disfrazar la falta de discusión, no puede el dogma sustituir al pensamiento, no puede haber pensamiento sin acción. Claro que hay “críticos” con el FA que no son genuinos, sino que lo son a partir de dolores personales, resentimientos o expectativas insatisfechas. Pero no son todos. Y si todos los fueran igual estamos obligados a ser autocríticos entre y con nosotros.

No hay cosa más nauseabunda que las pulseadas de poder, a veces de “podercito”, pero que existen. Nosotros no vinimos a “hacer la plancha” o a suplantar un “statuo quo” por otro, sino que vinimos a cambiar la sociedad con ella, no a pesar de ella. Esta tentación vanguardista también está. Los cambios son lentos y graduales y serán solo si la sociedad los quiere y los asimila, no por decreto, no por fe. Vinimos además a hacer otra política. No vinimos a decirle a la gente que todo es posible, no vinimos a prometer, vinimos a cambiar la lógica tradicional perversa del clientelismo y del Estado como agencia de empleo político. Vinimos para caminar detrás de la austeridad, en la defensa de la plata de la gente pero en clave de ser genuinos con nosotros mismos, de intentar llevar a la práctica aquello que decimos. Hay muchos ejemplos, por suerte, que emocionan hasta las lágrimas. Compañeros y Compañeras que militan desde cualquier lugar y nos dan ese empujón que se necesita para seguir. Pero hay algo que es seguro: el FA no es inmodificable, el FA es su gente, es el dirigente pero es también el que barre el Comité de Base, y debemos dar pelea dentro del FA fraternalmente para que quede claro que el móvil de nuestras acciones debe ser “la pública felicidad” y no nuestra vanidad o nuestra mejora personal. El que crea que estamos libres de esto último se equivoca y es por esa razón que debemos reflexionar hacia el futuro para dar esa batalla política en todos los frentes. Sin vacilar en la defensa de un proyecto político progresista frente al esquema conservador y liberal que nos observa de afuera. Ellos van por la restauración, van por otra sensibilidad, albergan otra sensibilidad. Sobre nuestras espaldas está esa doble responsabilidad: defender y profundizar en Unidad este tercer gobierno del FA, y continuar el desarrollo político de un FA más militante en todo el contenido de la palabra, en donde los compañeros con responsabilidades institucionales sean cada vez más parecidos a su pueblo, y sean los primeros militantes. Sé que no es fácil, pero tenemos que ir prendiendo esa semilla en los compañeros nuevos, debemos subrayar lo dicho y no caer en el “quietismo” o en ese también desacelerador que puede ser nuestra ingenuidad, también escollo a vencer. 

El FA podrá perder una elección. Hay que evitarlo por el bien del pueblo uruguayo. Pero no puede ser solo eso el norte de un proyecto en donde lo importante, siempre debe ser “la mañana siguiente”. Aquello de saber que aún ganando o perdiendo una elección, lo más importante es lo que viene al otro día. Estamos a tiempo de nutrir al FA de estos debates y de formar compañeros que antes que libros y teorías cultiven la praxis cotidiana en la siembra de valores de izquierda, solidarios, humanos, democráticos. A lo mejor escribo estas líneas a fin de año, y dejando más preguntas que respuestas. Es la visión de un Compañero, una más.

Tal vez indignado por lo que viene pasando en nuestro FA por estos días. Es posible. Sabemos de la sabiduría de los Orientales y en ella siempre confiaremos. Ella dictaminará. Los últimos meses del año sirven para este tipo de replanteos, que no debemos hacerlos aislados sino hacerlos juntos. El FA sigue siendo la única herramienta política del Pueblo Oriental para vivir mejor, con más justicia social y solidaridad, pero sepamos que somos una herramienta muy grande, que gana elecciones y que está compuesta por hombres y mujeres de carne y hueso. No hay infalibles, solo compañeros y compañeras de los que nutrirnos y sobre los que recae siempre la tarea del FA que viene.

Decía el Gral. Liber Seregni: “El otro elemento tiene que ver con la necesidad de coherencia y de consistencia de nuestro FA para ser contundente en la acción política. Y esto requiere de cada uno de nosotros una posición unitaria con respecto a los objetivos que perseguimos, un colocar, por supuesto, los intereses comunes, los del Frente y los del país por encima de nuestros propios intereses o de nuestro sector. (…) lo que fue el FA en su proyección era fruto de la entrega de aquella gente [se refiere a los fundadores], de su concepción del momento histórico que se vivía, pero por sobre todas las cosas, de la grandeza con que operaron. Lo primero que hicieron fue abatir, digo yo, los alambrados de las chacras chicas para formar el campo común donde moverse. No cometamos el terrible pecado de andar cercando las chacras chicas”.