Lucía Topolansky  

Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados

09/09/2015

Intervención en Cámara de la Senadora Lucía Topolansky del pasado 9 de setiembre de 2015.

Saludamos que el Senado de la República esté conversando sobre el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados –es así como se llama– porque pensamos que es uno de los documentos más importantes del pensamiento artiguista.  Implica una concepción de cómo organizar la sociedad, pero no va solo, sino que está acompañado por algún reglamento en relación a la zona de  Canelones, los ejidos de Montevideo, el reglamento de aduanas, etcétera. Hay toda una concepción de país, pero no de un país como es el Uruguay hoy porque Artigas pensaba la Banda Oriental como una de las provincias federadas y nada tenía que ver con un territorio independiente por sí mismo. Eso conviene dejarlo claro.
La preocupación por el arreglo de los campos, por poder organizar todo ese territorio, es vieja en la historia y nosotros hemos rastreado y recabado antecedentes      –los hay muchos y muy variados– que eran parte de la problemática de la Banda Oriental. Uno de los primeros antecedentes reales que se tiene está expuesto en una memoria que data del 15 de julio de 1786, obra de Antonio Pereira, exteniente de milicias y comandante de la campaña de Montevideo. Lo que Pereira pretendía, básicamente, era poblar la frontera para la defensa ante los portugueses. La instalación de población sedentaria en las fronteras ayudaba a la consolidación de esos límites, que eran muy inciertos en esa época.
Después hay otra memoria anónima, de gente que pensaba en los mismos temas, titulada Noticias sobre los campos de la Banda Oriental, que data de 1794. En ese documento también se hablaba de afincar gente que estuviera dispuesta a trabajar. Concretamente, se decía que había tierras que eran propiedad de latifundistas ausentes y era necesario que gente que estuviera dispuesta a trabajar se asentara allí.
Con mucha posterioridad, el 1.º de junio de 1800, Joaquín de Soria, comandante de la Villa de Melo y de la guardia del fortín del Cerro Largo, planteaba el «arreglo de los campos». Barrán y Nahum señalan que ese pensamiento da origen al reglamento de tierras de 1815 y hablan de esta conciencia de poblar la campaña, defender la frontera, repartir la tierra e intentar terminar con el ausentismo. Dicen Barrán y Nahum que este reglamento de 1815 tiene un matiz socioeconómico más que meramente político, porque, aunque está determinado por la política, es un instrumento para liquidar la oposición del grupo desafecto, debilitándolo económicamente.
De manera que podemos rastrear en la historia una preocupación de los orientales por el arreglo de los campos. No era una época conectada y globalizada como la de hoy, pero las ideas llegaban a través del océano y es probable –dicen algunos autores– que Artigas hubiera escuchado algunas cosas como las que decía Saint Just en la Asamblea de la Revolución Francesa: «Si vosotros dais las tierras a todos los infelices, si despojáis a los infames reconoceré que habéis hecho una revolución».
Podríamos continuar con una cantidad enorme de citas, pero tenemos un tiempo corto. Simplemente quería contextualizar mi intervención porque este reglamento lo tenemos que leer en el contexto de la época y no con la cabeza del siglo XXI.
Hay una carta de Artigas al Cabildo de Montevideo, del 2 de mayo de 1815, en la que se mostraba preocupado por la situación desastrosa de la Banda Oriental en el momento en que empezaba este proceso. Allí decía: «Los males de la guerra han sido trascendentales a todos; los talleres han quedado abandonados, los pueblos sin comercio, las haciendas de campo destruidas y todo el país arruinado. Yo ansío con el mayor ardor verlo revivir y sentiría mucho cualquier medida que en la actualidad ocasione el atraso». Él ya estaba preocupado; así que no es casual que el arreglo de los campos, como se llamaba a toda esta problemática en esa época, viniera presidido no solo del pensamiento de otros que también vivían en estas tierras, sino también de la necesidad imperiosa de ir consolidando un proyecto. Y eso es lo que hace, en realidad, este reglamento.
Es interesante –porque el reglamento se explica por sí mismo, en sus 29 artículos– ver cómo se desarrolla, cómo se conceptualiza esta propuesta de Artigas.
      El primer punto da facultades a los alcaldes provinciales para distribuir terrenos y velar sobre la tranquilidad del vecindario. Eran dos cosas que importaban: asentar a la gente en la tierra, hacerla productiva, fomentar el desarrollo, y dar tranquilidad.
Luego el reglamento detalla cómo se va a hacer la distribución que ya se señaló, las partes en que se va a distribuir y quiénes son los encargados de llevar adelante la ejecución de estas medidas.
      Nosotros queremos traer hoy a la memoria la figura de uno de los más fieles subtenientes de Artigas, que tuvo que ver con el reglamento de tierras. Me refiero a Francisco Encarnación Benítez, encargado del reparto de tierras en la zona de Colonia y Soriano, fundamentalmente, y desaparecido –no sabemos cómo murió– en las luchas posteriores.
      Más adelante el reglamento describe la necesidad de que esa campaña se pueble con brazos útiles, porque se estaba muy preocupado por lo que se llamaba «el ausentismo», es decir, propietarios de grandes extensiones de tierra que no la trabajaban. Se hablaba de brazos útiles para la población de la campaña;  por eso es que encarga que los terrenos disponibles sean para los más infelices y, en ese criterio, incluye a los negros libres, los zambos de esta clase, los indios pobres, los criollos pobres. Es decir: hace una enumeración, pero pone la condición de que con su trabajo y su hombría propendan a su felicidad y a la de la provincia. Como se destacaba, aquí surge claramente el valor de la tierra como un bien social. Y por supuesto que tiene una mirada sobre las viudas pobres, si tuvieran hijos, porque la condición de esas mujeres era de mucho desamparo en esa época.
No había un escribano que diera un título de propiedad, como lo tenemos hoy, pero tampoco esa era la concepción; se daba al solicitante la autorización, se le preguntaba si tenía marca –porque el ganado tenía que estar marcado– y, si no tenía, se le otorgaba una en forma gratuita. Pero se le ponía como condición la construcción de un rancho y dos corrales en el término de dos meses, de modo de demostrar la voluntad de estar ahí, de vivir y de trabajar esa tierra que le permitía sacar unos 370 cueros al año, que era con lo que podía vivir una familia. Eran terrenos que se obtenían de los emigrados, de los malos europeos y peores americanos, y que se distribuían para beneficio de la provincia.
Es bueno señalar que el punto 14 de este reglamento preveía alguna excepción al manifestar: «En esta clase de terrenos habrá la excepción siguiente: si fueran donados o vendidos a orientales o a extraños; si a los primeros, se les donará una suerte de estancia conforme al presente reglamento». Quiere decir que la extensión no podía ser mayor a esa legua y media de frente por dos de fondo, con aguadas, porque debía ser conforme a lo que se establecía. También se consideraba la posibilidad de que hubiera algún europeo o mal americano que tuviera hijos, para no dejarlos desprotegidos.
No se podía tener más que una suerte de estancia, que no podía ser vendida ni tampoco usada como garantía para sacar créditos, acentuando así el valor comunitario de esas tierras. Se reservaban algunas, en zonas determinadas, para la crianza de los caballos, que eran el transporte de la época. Tampoco se podían enajenar esas tierras.
De modo que en este reglamento hay todo un proyecto de país muy detallado, que también propendía a generar esa seguridad que desarrolla en sus 29 puntos.
Este reglamento fue efímero en su aplicación porque al año ya vinieron las invasiones portuguesas y toda la zona de la Banda Oriental ingresó en otra situación. Pero la preocupación por el arreglo de los campos permaneció en el ADN de los orientales; a mí me gusta decirme oriental, comparto esa palabra, ese sentimiento que viene de la época artiguista.  Es así que si rastreamos en la historia vemos que después aparece, varias veces, en distintas normativas, la preocupación por el arreglo de los campos en este país.
      Nosotros vamos a dar, porque se nos acaba el tiempo, un salto en la historia para hablar de aquella formidable ley de creación del Instituto Nacional de Colonización, que fue otro intento de distribución de tierras, arreglo de los campos, producción, fomento de la producción y radicación de las familias, con la misma filosofía  de considerar a la tierra como un bien común. Este instituto agonizó durante mucho tiempo y fue revitalizado en estos últimos años, llegando a tener más de cinco mil colonos y donde hay desplegadas una serie de colonias nuevas que también apuntan a proyectos colectivos sobre el uso de esa tierra, que es un bien común. Mucho tiempo después se recoge en la ley de ordenamiento territorial –que está casada con esto– esa necesidad de mirar el territorio como un bien social, tendiendo también  a su arreglo. Así que hay un largo leitmotiv a través de nuestra historia, y ojalá siga en el futuro.
      Queremos recordar  que en la legislatura pasada –o en la anterior; no lo recuerdo bien– el senador Larrañaga presentó una iniciativa para aggiornar algunos conceptos de la ley de creación del Instituto Nacional de Colonización, justamente pensando en el repoblamiento de la campaña, como lo llamaba él. Después hubo una voluntad política fuerte para que el instituto funcionara y es así que a lo largo de estos años ha ido desarrollándose con mucha fuerza: ha repartido tierras al habitante de la campaña, al pequeño productor familiar, pero también al peón rural, quien además ha sido amparado por la ley de 8 horas, emblemática norma votada en la legislatura pasada, que ha sido muy importante para la protección de esa población tan necesaria para el desarrollo de este país.
      También debemos recordar que en la legislatura anterior se aprobó la Ley n.º 19266, iniciativa presentada en la Cámara de Diputados por los entonces representantes Martínez Huelmo y Toledo, que declara el día 10 de setiembre de cada año «Día del Reglamento de Tierras de 1815» en conmemoración del Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de su Campaña y Seguridad de sus Hacendados, firmado por Artigas el mismo día del año 1815. El artículo 2.º de esta ley exhorta al Poder Ejecutivo a organizar, coordinar y promover actividades de divulgación de este reglamento por la importancia que en la historia, en el pensamiento y en la filosofía de nuestro país tiene todo este proceso, del que se podría hablar durante horas, pero desgraciadamente no nos dan los tiempos. Esta ley fue promulgada por el Gobierno anterior y este año se están realizando una serie de actividades –en cumplimiento de dicha norma y por conmemorarse el bicentenario del reglamento– dedicadas a poner en el hoy no solo aquella memoria como tal, sino la continuidad de un pensamiento vigente hasta el presente en la historia nacional.
      Este reglamento fue complementado, como decíamos al principio, por otra ley, por otro proyecto de octubre de 1815, que hablaba del arreglo de las chacras del entorno de Montevideo, de los ejidos de Canelones, para la producción de alimentos para la población. Se encargó a Pérez Castellano la elaboración del primer manual de horticultura que tuvo Uruguay. Ese fue un proyecto complementario, aunque Artigas advertía que no se podían hacer todas las cosas a la vez porque, si no, íbamos a terminar no haciendo nada. Por su parte, el reglamento de Aduanas trataba de ordenar las importaciones y las exportaciones de esta incipiente organización social de nuestra tierra.
      Así que creo que este proyecto de país no ha sido derrotado, sino que ha estado presente de formas diferentes a lo largo de la historia, y ojalá que las generaciones futuras lo sigan manteniendo porque es de las cosas más fuertes, más genuinas del pensamiento artiguista que debemos preservar.
Muchas gracias, señor presidente.