Mauro Mego  

Alerta que camina: la lección argentina

09/11/2015

Más allá de las simpatías o antipatías que nos produzca el proceso kirchnerista en Argentina, días pasados sucedió algo que no podemos dejar pasar: la consolidación de una derecha continental que maneja una misma matriz discursiva y una misma estrategia electoral en el marco de una coyuntura económica particular.

En las elecciones siempre se definen rumbos, ideas, no solamente candidatos. Pero es bien sabido que actualmente los procesos eleccionarios han cambiado y tienen de manera más marcada hoy, un fuerte componente mediático, de construcción de una agenda y un discurso público dominante. Negar el papel decisivo de los medios y su papel formador de opinión es eludir la dimensión de uno de los poderes centrales en el mundo globalizado e interconectado de hoy. Pero además, estos medios no son fruto de la generación espontánea, sino que son -en notorios casos- grandes grupos concentrados de medios: empresas dirigidas por seres humanos con perfiles propios e intereses propios. La primera gran lección que debemos aprender es la de no subestimar los aparatos mediáticos que accionan permanentemente sobre las subjetividades humanas hoy en el siglo XXI. En Argentina a través de diversas medidas se ha podido intervenir con otras visiones al pensamiento hegemónico (con una fuerte decisión política, y un fuerte respaldo estatal al desarrollo de nuevos y mejores medios buscando pluralizar el campo de las comunicaciones), pero aun así está a la vista que con eso, no alcanza. Tómese nota que cada país tiene sus complejidades particulares.
Izquierda y derecha están vigentes más que nunca como “familias ideológicas”. Dentro de cada campo hay matices. La izquierda y la derecha tienen hondas diferencias sobre qué hacer con el Estado, con el mercado, con la economía, con los pobres y los menos privilegiados, cómo resolver la desigualdad, si esta es “éticamente reprobable” o es una “consecuencia natural” del sistema y es irremediable. Estos elementos y un sinfín más, marcan -de acuerdo a qué se entienda por cada uno de ellos- a quién está cercano a la familia de las derechas y quién a las izquierdas. Esto es claro y constatable si se deja la cosmética televisiva y se estudian discursos y hechos concretos de las fuerzas políticas. Uno puede definir con claridad a qué campo pertenece tal o cual acción o discurso, si es de derecha o de izquierdas. De esto resulta que las Neoderechas continentales buscan dinamitar el “muro” que divide a tales campos ideológicos. Lo buscan dinamitar desde un discurso positivista (no en el sentido de las teorías científicas, sino en el cálido mensaje optimista y superador) que plantea “superar diferencias”, “abandonar etiquetas”, “abandonar el pasado”, “ser positivos y optimistas”, “querernos” y mucho más. Pero como es claro el salvataje que los procesos progresistas han hecho de amplias mayorías postergadas suman otro elemento: no exponen con claridad que su plan de gobierno y sus pilares ideológicos son los mismos de siempre, sino que plantean que “lo que está bien, lo van a mantener”, “qué no van a dejar de ayudar a nadie, sino que lo van a hacer mejor”. Además le hablan a las “clases medias” (concepto cada vez más difuso) diciendo con claridad que van a eliminar el “peso” de los impuestos. Si uno, a modo de ejemplo, toma los discursos y la estética de campaña de Luis Lacalle Pou en Uruguay y de Mauricio Macri en Argentina verá similitudes claras en torno al mensaje. Este es uno de los elementos que confirma la coordinación discursiva de sus estrategias a escala continental, con fuertes alianzas mediáticas.
Pero los progresismos vivimos complejidades permanentes. Lo que es claro, y también deja la lección argentina, es que no es bueno el mensaje excesivamente “autocomplaciente”, no basta con estar seguros, por más razón que nos asista, de que somos el mejor gobierno desde 1985 a la fecha. La visión autocomplaciente anula la crítica creadora de lo nuevo. La izquierda pensaba de una manera en su proceso de acumulación, pensó de otra cuando tomamos la administración del Estado en 2005 y debe necesariamente pensar de otra forma hoy a más de diez años de gobiernos del Frente Amplio. Quienes plantean como un drama “no pensar igual que antes” se equivocan. Las fuerzas de cambio deben adaptarse a las circunstancias que viven o de lo contrario se van sin pena ni gloria.
Otro pensamiento que debe ser enjuiciado es el de las “vanguardias”. Sin entrar en detalles, no podemos pensar (tema constante en el campo de la izquierda nacional) que basta con un puñado de convencidos que dirijan cambios que solo son entendidos o importantes para esa minoría “esclarecida”. Esa visión propia de quienes se definen más a la izquierda es la carta del fracaso y el empujón al fin de años de acumulación. El FA acumuló por entender cuál era la síntesis que el ciudadano uruguayo quería en cada contexto, abrió su abanico progresista a las visiones de la sociedad, no ha impuesto su visión. Y esto en el marco de la democracia y de los ciclos electorales fue clave. Para algunos ni Tabaré ni Mujica han sido “de izquierda” como ellos pretenden, cabría decir que el Uruguay en su amplia mayoría los pretende así y la otra parte pretende a Lacalle Pou y Bordaberry, mal que nos pese. Esos elementos de realidad son claves para la construcción política y para la presentación electoral. El kirchenirsmo -siguiendo su enseñanza- presentó para la Provincia de Buenos Aires a uno de sus cuadros más “duros”, de sus mejores hijos. Pero Aníbal Fernández no calzó en las expectativas de una sociedad que es mejor que la que en 2003 asumió Néstor Kirchner. Es tan importante como las medidas que se toman, como la construcción del discurso, la oferta electoral que se haga. Fernández terminó perdiendo con la Vice Jefa de Gobierno Porteño, una muchacha simpática pero poco conocida. Esto abrió el debate sobre cómo urdir estrategias para mantener las conquistas progresistas. Desde Uruguay debemos aprender, sobre todo algunas izquierdas, que las cosas no cambian con nombres ni caprichos de minorías iluminadas (por más revolucionarias que se presenten) sino que cambian por la voluntad de las grandes mayorías. Si estas están ausentes los procesos serán derrotados o simplemente esas mayorías seguirán un rumbo adverso.
Hay además otro dato: millones de personas han mejorado sus niveles de ingresos, han migrado desde las clases bajas y hemos “ensanchado” las “clases medias”, eso supone hoy, nuevas estrategias que estamos a tiempo de ir valorando.

Publicado en: Diario La República.