Mauro Mego  

Izquierda: rol militante y mensajes

04/08/2015

Ni bien se supo en Rocha la victoria del Frente Amplio, y con ella el triunfo de Aníbal Pereyra, el mensaje del nuevo gobierno fue claro. No solo hubo un mensaje hacia la sociedad rochense buscando la unidad necesaria para desarrollar políticas para todos a través de un diálogo profundo, sino que también hubo otro orientado a los compañeros y compañeras que formamos parte de esta herramienta política llamada Frente Amplio.
Bien operativo fue el mensaje en tiempos de la “izquierda en el gobierno”, en donde nos ha tocado insertarnos a dirigir la institucionalidad de un país tan complejo como el Uruguay. Actualmente las izquierdas que han obtenido el gobierno se ven a menudo interpeladas por un sinfín de desafíos: sus vínculos con las clases trabajadoras, sus vínculos con el mercado, sus relaciones con los grupos de poder, su capacidad de arrojo a la hora de asumir algunas políticas, las posibilidades de corrupción, la lentitud del cambio social desde la perspectiva de la administración capitalista, el rol del Estado y así podemos seguir enumerando. Parte de esa interpelación es realizada incluso desde dentro de nuestra estructura política, diversa, variopinta. Otra de ella es realizada desde fuera, de aquellos que se entienden ya “no representados” por el rumbo del gobierno. Sobre estos últimos hemos dicho varias veces que cabría un análisis respecto de los móviles de esa crítica y la operatividad de la misma. Porque de lo contrario estaremos frente a consignas o grandes “ideas fuerza” que desdibujan los contextos, vuelven a las “soluciones” elementos aislados desprovistos de la acción que sobre ellas pueden ejercer las fuerzas sociales, históricas. Cabría aquí una autocrítica sobre nuestro rol “opositor” en el pasado. Pero el mencionado no deja de ser un camino cómodo intelectualmente. Aun así, sabiendo lo diverso del entramado crítico, caben aquí algunas preguntas que son las que de alguna manera el compañero Aníbal Pereyra, desde su nuevo rol de intendente, ha puesto sobre la mesa ya desde su discurso de asunción.
Vacunados sobre lo dicho, debemos sentarnos a leer la crítica y a leer el estado de situación del campo progresista uruguayo. ¿Cómo reorientamos estos dilemas desde la asunción de los gobiernos? ¿Cómo evitamos el desgaste institucional que implica ser oficialismo? ¿Cómo seguimos siendo la herramienta de cambio vigente, sobre todo ante las nuevas generaciones? Y aún más: ¿Cuál es el rol de quienes asumimos responsabilidades políticas en esa construcción? Que nos ha tocado llevar adelante políticas bien diferentes a las de los partidos fundacionales y que estas han sido exitosas, no hay dudas. Pero esto no basta. No bastan los buenos balances, las cifras auditadas por organismos internacionales que confirman el éxito de los diez años progresistas.
Y si bien es cierto que hemos colaborado con el “cambio cultural” necesario para la transformación de la forma en la que se construye políticamente, aún falta. Es cierto que hemos recibido un Estado dado, una sociedad dada, una legalidad construida para pocos y por otros, un complejo equilibrio de relaciones solventadas en fuertes mitos nacionales, tan cuestionables de fondo como vigentes. Esa visión autocomplaciente de la “uruguayés” barnizada por nuestra prestigiosa institucionalización, encarna en su interior zonas desparejas, vacías, que deben ser interpeladas fuertemente.
Debemos demostrar que hay cosas que podemos cambiar y que tenemos ganas de hacerlo, contra algunos costos coyunturales, pero necesarios de asumir. Y debemos solventarlo nosotros, quienes estamos inmersos en la estructura. No podemos solamente visualizar las alianzas electorales y la lucha por cargos o posiciones como el móvil o la condición del arribo al gobierno. Debemos seguir insistiendo en que somos nosotros el rostro de un proyecto político que debe ser austero y transformador, sin romanticismos pero con los menos desvíos posibles. La condición humana es humana a secas, pero, y así lo ha marcado fuertemente el nuevo gobierno frenteamplista de Rocha, debe recaer sobre nosotros la ardiente tarea de ser militantes, que destaca prioridades y que sin dudas deja cosas de lado por su aporte a estos procesos. Si la gente empieza a no advertir diferencias con otros desde esa perspectiva, difícil podamos seguir siendo opción de cambio real, si no nos animamos a más y si no hace carne en nosotros ese rol de profundo amor por la humanidad y por “el otro” que debe guiar a la acción política de izquierda, el camino será corto.
Estamos a tiempo de ir corrigiendo esto, dando espacio al debate, dando autonomía relativa a la fuerza política respecto del gobierno, pero sobre todo también dando señales comprobables de que estamos aquí para transformar la sociedad y no para la esgrima entre egos y posiciones. No podemos esperar que una derrota electoral nos obligue a hacer nuestra propia autopsia.