Mauro Mego  

Mujica está llegando

11/03/2015

Se fue José "Pepe" Mujica. En realidad Pepe no se fue, “está llegando”. No recuerdo caso similar en el que el presidente saliente se haya ido de esta manera y haya sido el centro mismo de casi toda la ceremonia del 1 de marzo pasado. Es que Pepe es una anomalía en la historia reciente de nuestro país. Una anomalía novelesca y épica, de la prisión política a la Presidencia dejando tras de sí una enorme acumulación política para la izquierda uruguaya. Nuestra izquierda plural, diversa, compleja pero también intelectual, montevideana, citadina. En esta izquierda hemos crecido con nuestras tradiciones a cuestas y, a veces, a pesar de ellas. La izquierda con su carácter orgánico y organicista, colectiva, reacia a los caudillismos o a los verticalismos, es a veces un campo complejo de relaciones, discutidor y tenso. Una tensión que jamás se ha roto en lo sustantivo, para sorpresa de quienes la observan desde lejos. Pepe apareció no solamente para mostrarnos la profundidad con la que encarar el “cambio cultural” necesario y lento sino para interpelar también a toda la izquierda y hacer carne en el resto de la sociedad de una manera hasta entonces inédita.
Es que Pepe es un líder, es un encantador de voluntades. Comprendió como nadie -no solo, pero se destacó brutalmente- que el camino de la victoria estaba marcado por la amplitud, por la generosidad y la interpretación fiel de las tradiciones y el ritmo de la sociedad uruguaya. Demostró -no sin costos- que la política es el motor fundamental de las transformaciones y que va por un camino distinto al del sacro universitarismo, o de las prácticas elitizantes. Superó esas marcas a fuego a veces difíciles de digerir incluso para la izquierda. Lo más intenso de su accionar está dado por el mayor de los desafíos de la ética política: la cercanía entre el “decir” y el “hacer”, que muy pocos podemos exhibir sin fisuras, no solo quienes militan en política, sino los seres humanos en general. Sabe el común de la sociedad, aún en la diferencia, que Pepe llegó a los lugares para ayudar al cumplimiento de los objetivos de una fuerza política y para contribuir al cambio de la sociedad. No llegó para resolver sus problemas, para hacerse rico, para hacerse prestigioso. Porque ¿Dónde está el prestigio? ¿En el designio meritocrático de las élites? ¿O en la certeza de la gente que sabe a ciencia cierta quién es en toda su dimensión su Presidente? Hay detractores incluso en el campo de las izquierdas, pero Pepe se impone. Se impone en esa mezcla de profundidad intelectual y sentido de pertenencia con las masas populares, ese maridaje tan complejo que la izquierda siempre tuvo como un punto de tensión difícil de pasar por alto.
Ató Pepe al Uruguay. Un Uruguay construido en otras bases, que divorcia frecuentemente al interior de su capital. Pepe entendió en su trayecto político el concepto del País, así total y en mayúsculas. Supo que el diálogo -tan cuestionado por el presidencialismo latente de nuestro país- era la llave para que el destino de la gente fuera el mejor, y lo demostró comiendo asado y tomando algún mate con los líderes opositores del interior, los intendentes. No cuestionó su legitimidad, la abrazó con clamor republicano, pero la leyó en toda su dimensión acariciando las místicas y las tradiciones de cada lugar. Otra de las tareas esquivas que no había logrado el Frente Amplio.
Pepe es un individuo, basado en un trabajo colectivo de muchos, tan meritorios como él, pero él en sí mismo asumió la condición de líder persuasivo, emocional, profundo, llegando al asunto de fondo en donde basar los esfuerzos. Sus referencias al cambio civilizatorio están marcadas por la convicción de las transformaciones primero personales, individuales, para proyectar sobre eso otra sociedad. Jamás se vio obnubilado por la consigna fácil pseudo-revolucionaria, mantuvo la “paciencia estratégica” porque sabe que ese es el camino para subsanar los dramas del hombre y la mujer común. Rompió prejuicios propios y ajenos, obteniendo la mayor legitimidad que da la democracia que es la de la voluntad popular, igual para todos y todas. Seguramente para los elitistas y elitizantes esto sea una pesadilla. Su frase “no me voy, estoy llegando” es premonitoria del cambio de era. La política ya no será la misma, la izquierda tampoco será igual, ya no es igual, por suerte. Ya no hay más torres de cristal para mirar al pueblo y “conducirlo”, ya es mejor tenderle la mano y caminar con él y con el ejemplo, entender sobre todo que no hay cambios que se puedan imponer por más geniales que creamos que son si las masas no entienden que es el tiempo de que se produzcan. “No hay nada más sin apuro que un pueblo haciendo su historia”, decía Alfredo Zitarrosa.
Mucho más se podría decir, pero la izquierda en la victoria desde 2005 le está agradecida a Pepe, como toda la cultura de izquierda que ya no será la misma. Desde el interior aún más, rompiendo viejos esquemas y ampliando los horizontes de crecimiento.