Mauro Mego  

Elecciones Departamentales y después. Aportes para el análisis

15/06/2015

Las pasadas elecciones departamentales de mayo dejaron algunos resultados pasibles de análisis. Algunos departamentos se lucieron con la victoria del Frente Amplio y en otros el resultado no fue el mejor, como es el caso paradigmático de Maldonado. En todos los casos, hay una serie de elementos de balance que es posible hacer de manera transversal a todas estas diferentes realidades. Me permito esbozar algunas líneas para aportar a una amplia discusión política.

Como primer elemento, el carácter central de la Unidad Política del Frente Amplio. Cuando los “internismos”, “sectarismos” o “personalismos” campean, la derrota es casi un hecho. Está claro que las organizaciones políticas que integran el Frente Amplio deben tener claro el concepto de que no es posible crecer ni acumular fuerzas en el marco del egoísmo, la pugna ciega interna o el “descuido” del Frente Amplio. Y aún mas en el caso de nuestro interior, en donde el arraigo de la tradición política blanqui-colorada está muy vigente aún cuando las gestiones progresistas sean exitosas en términos generales.

No basta con Programa ni gestión. La política es un fenómeno magnífico y apasionante, en donde cada día más se presenta central el aspecto de diseñar campañas profesionales y bien planificadas. Pero también es de destacar que ellas mismas no resultan determinantes si no existen compañeros y compañeras como para enfrentar el desafío de ser candidatos/as. Está comprobado que no es posible “imponer” candidaturas que no estén construidas sobre procesos colectivos y públicos. Los candidatos no se inventan, se construyen. Y las organizaciones políticas que los catapultan deben trabajar en un sentido de construcción amplia y generosa, cuyos dulces frutos serán para todos y lejos del “ardor” de la coyuntura.

No se debe subestimar a la derecha. En algunas partes se creyó suficiente la “buena gestión”, reduciendo a “buenas decisiones” administrativas la acumulación política. Esas son visiones que en la izquierda debemos superar: máximas iluministas como “No puede ser que no nos voten, si somos la mejor opción”, o el desprestigio a las grandes masas populares que definen (más allá de las criticas posibles) rumbos que no son los de una izquierda que se presenta “incomprendida” por esos que “aún no se han dado cuenta” de que somos la vanguardia de la civilización.

Si el asunto fuera tan simple, no cabrían análisis. Estamos en tiempos de comodidad intelectual, en donde las consignas fáciles o las acusaciones infundadas parecen -a veces- abundar. El crecimiento de las opciones transformadoras en el Uruguay asume muchas más complejidades que en otros contextos americanos: condicionantes culturales, institucionales, sociales, históricas, geográficas, etc., hacen de los procesos progresistas en este país una lenta y contradictoria marcha que si no la asumimos como tal, sobrevendrá más temprano que tarde la victoria de la derecha restauradora.

El aspecto militante en tiempos de “oficialismo”. La militancia no resuelve en 60 días aspectos que están insertos en toda una cultura de décadas, de siglos. Pero sí en el desarrollo político de largo plazo de una estructura política. Hoy asistimos a un Frente Amplio que hizo un exitoso proceso de acumulación hasta alcanzar el gobierno en 2005, con sabores y sinsabores en el trayecto. Crecimiento electoral que puede no ir de la mano de un desarrollo político o de “conciencia”. Si la agenda electoral en sí misma reduce el desarrollo político solo a eso el destino es predecible. Las tareas de Gobierno “chuparon” un buen número de cuadros políticos y los introdujo en microclimas parciales de la realidad, y en algunos casos, los abstrajo del rol militante cotidiano, ese que los hace asumir que la responsabilidad pública que tienen cesa o continúa en la medida que las decisiones políticas lo establezcan y que no existen cargos perpetuos ni personas que sean aptas para todas las tareas o sepan de todo. Eso es un reclamo permanente de los compañeros que empiezan a ver, en algunos casos, un despegue notorio entre el “rol militante” reducido solo a responsabilidades de gestión, o a cargos. Por aquella máxima aún vigente del “ser y parecer”. ¿Para qué militamos? ¿Lo hacemos para transformar la sociedad? ¿Somos inmunes de querer resolver nuestros problemas particulares o de nuestro entorno a través de las responsabilidades políticas? ¿Quién paga los costos de estos errores estratégicos gruesos?

Porque sobre los “relevos” del futuro, que sería otro elemento al análisis, está jugado el futuro, pero sobre la base de que los jóvenes vean a la política como lo que es: una forma de resolver los dilemas de la sociedad y de construir justicia en el sentido que entendamos se deba construir. No podemos después hacer diagnósticos si no atendemos que hay quienes observan a la política y quieren ver “hacer lo que decimos”, porque en definitiva es ese ejemplo y contagio lo que atrae a las nuevas generaciones a renovar su fe en las propuestas de cambio.

Publicado en: Diario La República.