Andrés Berterreche  

Salario, formación y plus valía

15/09/2016

Recientemente, un compañero que siempre me hace llegar material de análisis críticos y altamente formativos me envió un estudio sobre la problemática de la educación.
Buena parte de lo que comencé leyendo me pareció particularmente interesante, donde además se fundamentaba algunas ideas que vengo sosteniendo desde hace algún tiempo: la visión artificializada de la “crisis” educativa y la asignación de las responsabilidades de tales problemas a lo referido casi exclusivamente al cuerpo docente y a los factores de la institucionalidad educativa.

Está claro que existen dificultades y que hay cosas a corregir y mejorar en esos aspectos, pero los problemas más preocupantes sostengo que tienen sus causas, y el artículo mencionado también lo planteaba, en profundos problemas sociales que aún quedan por solucionar.

Sin embargo, el trabajo trata otras ideas con las que se me plantean contradicciones o enfoques diferentes. Si bien los puntos en que discrepaba son varios quería entrar en el análisis de uno en particular: en una economía cada vez más “primarizada”, es decir con cada vez más peso de la producción primaria en base a nuestros recursos naturales y con menos valor agregado, es necesario tener menor calificación para el ingreso al mundo del trabajo.

Si bien podríamos discutir o relativizar el concepto de primarización de la economía, lo que nos interesa desarrollar hoy es la hipótesis de que el capital en el proceso de producción hace énfasis en la menor calificación del trabajo para pagar menos. En primer lugar quiero aclarar que no es fin de esta columna polemizar con el trabajo referido, sino a partir de ciertos supuestos que se definen en ese trabajo, poner en discusión nuevas visiones al respecto.

Pongamos como ejemplo dos sectores de los clásicos que se evalúan como de gran producción de materias primas sin valor agregado: la soja y la madera. Podríamos discutir si verdaderamente estos productos son de carácter primario y sin valor agregado, pero no es el objeto del análisis de hoy. Lo que vamos a tratar de discutir es el trabajo y la calificación.

En ambas producciones, en el momento de la cosecha, hoy se utilizan máquinas que cuestan varios cientos de miles de dólares, con sistemas mecánicos, hidráulicos e informáticos bastante complejos. No es posible que esta etapa del proceso productivo sea llevada adelante por trabajadores no calificados, esto necesita un nivel de capacitación y aún de conocimientos generales bastante profundos. Es así que si el sistema quiere trabajadores al servicio de este modelo deberá tener un sistema formativo fuerte. No se podría considerar tener trabajadores sin formación para manejar esta tecnología. O como ejemplo para visualizarlo claramente, a nadie se le ocurriría poner a un trabajador de los que son explotados en los montes haciendo astillas o leña de monte al mando de una máquina que vale medio millón de dólares para ahorrarse unos pesos de salario.

¿Esto significa el fin de la explotación? Por el contrario, hay un aumento de la plusvalía ya que, aún con buenos salarios, el efecto del capital en la tecnología hace a ese trabajo mucho más productivo. Me explico, la relación del salario con el valor de lo producido por un trabajador con un hacha es muchísimo menor que la diferencia entre el de un operador de un cosechador altamente mecanizado y su productividad, aunque este gane un salario 500 % superior al montaraz.

Muchas veces, el buen salario de alguien muy preparado oculta la diferencia entre el costo del trabajo y la ganancia del capital. No es cierto, aún en el marco de la discutible primarización de la economía, que el sistema precise trabajadores no formados, y esto debe de ser parte de nuestro análisis o le estaremos errando a las conclusiones que lleguemos.

Ahora bien, si estos trabajadores ganan muy bien, a pesar que el producto de lo que generan sea tremendamente superior, se daría un proceso de bienestar que atenuaría los conflictos entre capital y trabajo. Pero he aquí una de las más preocupantes contradicciones de la etapa del capitalismo que nos toca vivir y debemos cambiar: son muchos más aquellos que quedarán por fuera de ese sistema y que en el mejor de los casos se intenta sostener desde el Estado, cuando no, se los empuja a la marginalidad.

Lo que también está claro es que no podemos seguir analizando la economía y la sociedad con folletines decimonónicos, o repitiendo consignas, porque en ese caso seguro que vamos a perder la batalla.
La educación y la formación para el trabajo son importantes, pero para que esto al mismo tiempo permita ser una instancia liberadora tendremos que pensar seriamente en sistemas alternativos. Y en este sentido los sistemas autogestionarios pueden llegar a ser una opción.

Publicado en elcambio.uy