Martín Nessi  

40 Años del secuestro de la Maestra Elena Quinteros

10/08/2016

Compartimos intervencion que realizaramos en la Junta Departamental de Montevideo referente a los 40 años del secuestro de la maestra Elena Quinteros

SEÑOR NESSI (Martín).- Gracias, señora presidenta. En nuestro caso, queremos realizar un enfoque de la compañera Elena Quinteros, en primera instancia, desde ese lugar, desde el lugar de compañera, desde el lugar de militante política en un tiempo en el que se nos dice que la militancia política es algo que ya pasó, en el que corre más la visión del político profesional o en el que, incluso, a veces se nos dice que la militancia política está alejada de la figura del ser humano.

Yo soy un militante político, como lo son varios compañeros que están aquí, convencido y orgulloso de serlo. Sin duda, esta compañera era eso: una militante política, una mujer, una maestra; además, era parte, en sus orígenes, de las corrientes libertarias que tanto han aportado también a la historia del campo popular, que a veces tanto hemos dejado de lado, que a veces desde la historia oficial tanto hemos escondido. Nosotros decíamos que muchas veces se hace una contraposición entre el militante político y el ser humano. Esta familia es la muestra de que militantes políticos, seres humanos y familia son algo que va de la mano. Esa ha sido la muestra clara de la historia de esta familia.

Creemos que quienes mejor pueden hacer la síntesis de lo que nosotros somos, en definitiva, son nuestros compañeros y nuestras compañeras; por eso nosotros elegimos tomar algunos testimonios que dan diversos compañeros y compañeras en un libro muy recomendable que realizaron dos compañeros, Raúl Olivera y Sara Méndez, que se llama Secuestro en la embajada.
Vamos a saltearnos algunas partes a las cuales ya se ha hecho referencia como, por ejemplo, la biografía, y vamos a comenzar citando a Sara Méndez.

Sara Méndez, integrante de esa generación, aunque un año mayor que Elena, verá así ese proceso -en este caso, el libro habla del proceso que estaba viviendo el Uruguay en los años sesenta-: “Cientos y miles de jóvenes provenientes en su mayoría de corrientes cristianas van a incorporarse a las filas del movimiento revolucionario, aquí y en el resto de América, convencidos de que para terminar con la injusticia social había que cambiar el mundo radicalmente. Y esa convicción de cambio se irá probando en las huelgas, en cada enfrentamiento con las fuerzas represivas, en la prisión que se comenzará a vivir, en la tortura por la que se pasa, o se queda”. Hugo Cores, por su parte, expresa: “Conocí a Elena también tempranamente, con esa vivacidad, con esa picardía que después tantas veces vimos reproducida en esa femineidad criolla, un poco socarrona que tenía Tota para tratar a los hombres, a los muchachos. Y que en Elena funcionaba como una expresión de tremenda vitalidad interior”.

La escalada represiva contra el movimiento popular se inicia a mediados de la década del 60, con la aplicación de las medidas prontas de seguridad por parte del gobierno para intentar neutralizar la creciente capacidad de lucha que se generaba a partir de la unidad del sindicalismo. Una de las movilizaciones de los estudiantes magisteriales es recordada por Yamandú González: “Estaban allí, entre otros, Gustavo Inzaurralde, Elena Quinteros, María Esther, Charo y otros y un señor de cabellera abundante y lacia y un bigotito, que compartía animadamente las vivencias de los estudiantes. Recuerdo el rostro grave y alegre de Elena contando sus propias peripecias bajo la atenta mirada del señor de abundante cabellera, que no era otro que su padre. Era poco común ese grado de involucramiento con los avatares de una hija como el que experimentaba Quinteros, a quien vi, en esas y otras circunstancias en el bar que cobijaba a los estudiantes”. Esto habla claramente de lo que significa una familia y el sostén que puede llegar a ser una familia en la vida de un militante político o de una militante política. Continuamos leyendo el texto: En abril de 1967, con 22 años, Elena junto a Sara Méndez, Lilián Celiberti, Yamandú González y Telba Juárez, entre otros, participan en la reanudación de las Misiones Sociopedagógicas en el interior rural de Uruguay. Celiberti y González recuerdan esa experiencia, que marcó en muchos aspectos a sus protagonistas. “Conocer una realidad de pueblos de ratas, a los niños y sus padres que allí vivían, las dificultades de un maestro para mantener una escuela en un lugar donde se carecía de materiales imprescindibles - nosotros fuimos a Durazno-, significó un shock para quienes recién comenzábamos. Al impacto emocional siguió la reflexión de que para que cambiara había que hacer algo. En mi familia todos eran blancos y el mundo de la izquierda no existía. En ese primer grupo la única militante gremial era Elena. El resto teníamos 'sensibilidades‟. Pero la experiencia nos cambió la vida y a fin de año comenzamos a comprometernos gremialmente. Ella tenía 19 años, y yo con mis 16 pensaba‟ -quien habla es Celiberti- „que no me daba bolilla. En aquella primera actividad en grupo un día tuvimos que cocinar para los más de cuarenta compañeros y para los maestros que orientaban la experiencia. El menú era polenta, y como no teníamos idea de nada hicimos tanta cantidad que todo se convirtió en un superabundante y compartido fracaso culinario. A raíz de ese hecho perdí parte de mi timidez y logré relacionarme con Elena de igual a igual‟. Nadie como el maestro sabe de los problemas de la desnutrición y el hambre de los niños, nadie como él sabe de plagas y enfermedades que se extienden en la población escolar, nadie como él conoce los problemas afectivos y la desestructuración de los núcleos familiares. Por eso los estudiantes magisteriales estuvieron en la primera línea de combate.” Sin duda que esto fue así. El texto continúa diciendo: “Eso se daba cuando se juntaba a la realidad esa, que ahí se vivía, una sensibilidad política. La misión en Capilla de Farruco en Durazno, en 1967, fue la primera de una serie de experiencias realizadas por el estudiantado, conjuntamente con los estudiantes del Instituto Normal de Durazno. Y así en los meses de preparación en que íbamos a la escuela de Cuchilla de Machín en las cercanías del Sauce, estuvo Elena compartiendo músicas y bailes y su famoso fainá de queso confeccionado por la Tota. Los intentos de aprender a andar a caballo, las tareas diarias que nos acercaban en cierto modo a los objetivos de la misión, las visitas para conseguir artistas que participaran en los festivales que organizábamos, las trabajosas gestiones para los diversos asuntos que hacíamos en Montevideo, en fin, tenían a Elena como una de sus protagonistas. Fueron años en que su presencia y compromiso alimentó al colectivo de los estudiantes de Magisterio. Elena no era brillante, pero siempre estaba. El hogar de las Quinteros en la calle Municipio era un lugar de encuentro y donde comúnmente funcionaba la agrupación de Magisterio integrada entre otros por militantes de origen cristiano y anarquistas como Gustavo Inzaurralde. Recuerda Luis Presno: “Elena era profundamente cristiana. El anarquismo fue siempre muy poroso con relación al cristianismo. Si hablabas de Dios o de religión, no te decían que eras reaccionario. Elena tenía, al igual que el anarquismo de la FAU, un sentido „misionero‟. No mesiánico. Misionero en el sentido de exigir sacrificio, austeridad. La tarea política era „evangelizadora‟, de „conquistar almas‟. Relata Celiberti que la casa de Elena pasó a convertirse en un verdadero refugio para ellos. “No teníamos con nuestros padres el espacio que necesitábamos. Ni yo ni Sara Méndez, por ejemplo, podíamos realizar en nuestras casas ese tipo de reuniones de búsqueda política y gremial en las que nos pasábamos el tiempo tirados en el piso, conversando, debatiendo, pensando. Eran reuniones afectivas, de jóvenes que junto a la discusión gremial y política intentaban generar una nueva cultura. La búsqueda de alternativas iba desde la poesía a la literatura, al cine -aquí con una preocupación especial por parte de Gustavo, que orientaba en parte esas actividades-, a la lectura de libros políticos…”a visualizar la creación de un hombre nuevo. La casa de la calle Municipio fue indispensable para que el grupo funcionara”. Tota pasó a ocupar un papel importante para esos jóvenes. ¿Cuál era el encanto de la casa de la calle Municipio? Celiberti responde: “Yo no podía decirle a mamá que era un espacio donde me sentía libre de todos los condicionamientos familiares. Con mis 17 años, había cosas que no me animaba a hablar con mi madre, pero sí podía conversar con Tota. Además, en esa casa se producía, en grupo, un crecimiento personal”. Ya como maestra Elena comenzó a trabajar en una escuela de un barrio periférico de la ciudad de Pando, en el departamento de Canelones. Debía levantarse a las seis de la mañana para recorrer los 20 kilómetros que la separaban de la escuela, pero las reuniones de la agrupación continuaron en su casa hasta altas horas de la noche. Por esa época la actividad política y gremial le insumía muchas horas, a las que se agregaban los cursos en Humanidades.

 

Cuenta Sara Méndez que el cansancio y el sueño de Elena por las mañanas hacían que se escuchara la voz potente de su madre: “¡Por favor, Elena, despertate! ¡Te vas a quedar sin trabajo, de qué vamos a vivir, Elena!”. El hogar se sostenía económicamente con el sueldo de Elena como maestra y el aporte de una pequeña pensión por el fallecimiento del esposo de Tota, más los ingresos que esta percibía por corregir deberes del colegio de las Domínicas. En la casa no sobraba el dinero, más bien escaseaba. Pero lo que había, se compartía.
Recuerda Méndez: “Nosotros éramos jóvenes y, si llegábamos sobre todo de una pegatina o de una pintada, veníamos siempre muertos de hambre. Tota nos preparaba guisos o sopas y comíamos todo lo que encontrábamos. A veces algunos  traíamos de nuestra casa un paquete de azúcar o de arroz, pero en realidad, como buenos estudiantes, nunca teníamos un peso, aunque en casa no nos faltara la comida. El problema era que nadie, sobre todo las mujeres, podía volver a su hogar de madrugada. Nuestros padres ni siquiera soñaban que salíamos de pegatina y pensaban que nos reuníamos solamente para estudiar”. EL 68 uruguayo se manifestó también con un incremento de las luchas obreras y estudiantiles, en las que Elena y sus compañeros se multiplicaban para expresar en los muros de Montevideo, en los actos, en las movilizaciones relámpago, en las pegatinas reclamando la libertad de los presos que por esos días poblaban los lugares de detención. El Gobierno de Pacheco trajo un significativo incremento en los niveles de represión.

 

Se producen asesinatos de estudiantes y trabajadores, los primeros secuestros con la entrada en acción del Escuadrón de la Muerte; hay cientos de detenidos por Medidas Prontas de Seguridad, atentados contra locales políticos, asesinatos y torturas. Las luchas gremiales de los estudiantes de Magisterio, en las que Elena era un elemento muy activo y dinamizador, no se limitaban al derecho a ingresar al Instituto Normal con pantalones: incorporaban el cuestionamiento de algo que, hasta ese momento, era considerado una razón de ser de quienes seguían esa carrera: ser maestra como apostolado. Comenzaban a cuestionar todo un orden social, y con ello pautas de comportamiento de todo tipo. En ese marco, la militancia estudiantil, social, política que desarrollaba Elena era un proyecto de vida, de compromiso. Sara Méndez evoca ese período: “Creíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, nuestra vida se identificaba con la revolución. El objetivo era lograr el cambio social lo más rápido posible y el resto se subordinaba a eso, aun si nos gustaba aquello para lo que nos estábamos formando. Elena sentía la vocación de maestra, pero la revolución primaba”. Elena se constituyó en punto de referencia para todas sus compañeras, según recuerda Celiberti: “Porque además demostraba un gran tesón y esa voluntad de estar en todo. Fumaba mucho y dormía poco. Era muy alegre y testaruda y no le resultaba un problema que su casa fuera siempre ese caos absoluto en donde llegabas y no sabías con quién te ibas a encontrar. Si había pegatina estaba repleta de gente, de baldes para el engrudo, de murales y brochas por todos lados.

 

Ella lo vivía como parte de su vida. Y veía que para su madre ella era todo. No debía ser sencillo para Elena, hija única, asumir la responsabilidad de tener una madre que vivía pendiente de ella”. El 16 de noviembre de 1967 Elena fue detenida por primera vez, junto a Gustavo Inzaurralde, Yamandú González y Lilián Celiberti, y es liberada al otro día. Méndez recuerda así esa primera experiencia ante la represión: “Elena, una vez que fue citada al ser detenido Gustavo, se bañó, se vistió despacio, se pintó con cuidado frente al espejo. Yo la miraba inquieta y le pregunté cómo no estaba nerviosa. Ella me respondió que lo estaba y mucho, pero que debía aparentar tranquilidad. Era de personalidad fuerte y brindaba confianza a los demás. Ese período fue de mucho desgaste para Elena por la militancia, y para Tota, porque aumentaba su nerviosismo”. Así sigue, y culmina con Elena Quinteros detenida.

Esto era lo que nosotros queríamos destacar, porque pensamos que en esta parte del libro está expresada lo que es la militancia política: un acto de entrega, un acto de amor, un acto poético, un acto de sinceridad, y que en esa época lo realizaran compañeras mujeres, con todo lo que eso implicaba, sin duda tenía un doble valor. Por lo tanto, reivindicamos a esta compañera, esta historia, y lo hacemos en el marco de que la militancia política sigue viva y hace grandes aportes para cambiar la realidad que tenemos. Muchas gracias. (Aplausos)