Manuela Mutti  

Una sombra y otra sombra hacen tormenta

19/12/2017

En los primeros días de diciembre se dio a conocer el fallo sobre la agresión hacia el trabajador rural, Hugo Leites. El capataz, quien le propinó una paliza -con el visto bueno del patrón-, fue pro-cesado sin prisión.

Mientras que algunos estudiosos de las leyes señalaban lo correcto, más allá de lo justo o no, del dictamen; no hay quién no haya recordado las palabras del último candidato a Presidente por el Partido Nacional, mientras en el Parlamento -y solo con los votos del Frente Amplio- se aprobaba las 8 horas para los trabajadores rurales.

Pero volviendo al fallo del juez y el mensaje implícito que el mismo contenía, sin entrar en discu-siones técnicas, ¿alguien dudaba de que volvería a ocurrir? Porque, si no hay lesiones graves, algún saque se le puede dar al empleado.

A los pocos días le tocó a Juan Díaz, pero esta vez el patrón no precisó intermediarios, tomó la lucha de clases con sus manos y le descargó tanta democracia, buenos valores, y estrategias de vanguardia en negociación…que lo dejaron internado, con parálisis facial y el lado derecho del cuerpo sin sensibilidad.

Capaz que el trabajador se lo merecía, por pedirle -además de la comida y dormir en las caballeri-zas- un sueldo. Capaz que hasta tuvo la osadía de mirarlo a los ojos.

Cultural y territorial, político y económico   
Son algunas de las dimensiones del problema, que no sorprende por su novedad sino por lo con-tradictorio de persistir en una sociedad que se jacta de ser la más libre en la historia de la huma-nidad.

El peón, esa sombra en el cantar de Zitarroza, esa sombra para muchos de los que no conocen otra realidad que la de la ciudad. Aunque la culpa no es del que desconoce por el simple hecho de desconocer, sino por que desconociendo uno avala que siga sucediendo. Y no se le puede llamar costumbre, aunque nunca las relaciones sociales de producción se hayan dado de otra manera, a la denigración de una persona, obligándola a trabajar por chirolas (en el segundo caso ni eso si-quiera) y en pésimas condiciones.

Pero ese es el carácter de este sistema, que también se ve en la ciudad aunque más disimulado, con más shoppings y tarjetas. Dicen que se acabó la lucha de clases, dicen también que el patrón merece lo que gana porque es el único que corre riesgos. Dicen muchos disparates más, que quedan arrastrándose por el piso cuando, para ganar y seguir ganando, son capaces de tratar a los generadores de su riqueza como si fueran semovientes.

¿Y la inseguridad?
Parece ser un término que solo se aplica cuando hay que defender ciertas propiedades privadas, ciertos status que por primera vez tienen la desgracia de sufrir la violencia a la que someten al resto de los status con sus elevadas tasas de ganancias, o ciertas estrategias comunicativas que buscan explotar algo tan viejo (el robo) como el propio sistema que lo obligó a nacer, para desa-rrollar teorías represivas que mantengan el dominio de una clase y seguir obstinados en negar la lucha de clases.

¿Cuál es la seguridad del trabajador? ¿El trabajador puede reclamar seguridad? ¿La sociedad puede reclamar seguridad para el trabajador? ¿Los comunicadores pueden dar manija, crear gru-pos de whatsapp y convocar a marchas para protestar por la inseguridad de los trabajadores frente a algunos violentos patrones? ¿El Centro Comercial puede convocar a una reunión, con todas las autoridades, y exigirles a los empleadores que traten a sus empleados con más dignidad? ¿La Asociación o la Federación Rural pueden cortar las rutas hasta que sus asociados dejen de golpear a sus trabajadores y cumplan con las leyes laborales?

¿En qué lugar del diccionario, en qué diccionario, dice que la violencia es solo la utilización indebida de la fuerza por parte de un pobre, un “pichi” o un “rastrillo”?

Con violencia hasta nos están imponiendo una manera de definir la propia violencia.

El hilo más fino de la piola
El Ministro de Trabajo, Ernesto Murro, con gran atino plantea la necesidad de una campaña por los derechos laborales en el interior. A la que nos sumamos, para que además de más empleos también apostemos a desterrar la precariedad de los mismos, esto también redundará en una ciudad más tranquila, más segura.

La tarea de todos los días es insistir en elevar la conciencia social, mientras seguimos apostando a la organización de los trabajadores. Que no haya un solo trabajador que no se indigne sabiendo que a Hugo Leites y a Juan Díaz los fajaron en sus trabajos, que Caputto todavía no pagó las licencias del 2016 ni los haberes de octubre de este año, que hay trabajadores de los arándanos que tampoco han podido cobrar su sueldo, o que no tienen agua para tomar en el trabajo, o que no pueden sindicalizarse porque si no los despiden.

La democracia, el ejercicio pleno de los derechos, la seguridad, la no violencia…también dependen de una sociedad organizada y preocupada por cada uno de sus conciudadanos, y de empresarios que tengan un cacho de responsabilidad y que cambien sus prácticas.