Mauro Mego  

“Yo pago mis impuestos”

06/06/2016

El gobierno anunció sus medidas a incluir en la próxima Rendición de Cuentas y estas, sobre todo las actualizaciones impositivas, generaron una gran polémica social. Y es lógico, gobernar es –entre otras tensiones– dar muchas veces anuncios ingratos. Aun así, estos anuncios reavivaron algunos debates, tan nuevos como viejos respecto de nuestra historia, pero también respecto de nuestra sensibilidad ante la cuestión social en su más amplia expresión.

Que si es ajuste “como los de antes”, si es “un ajuste de izquierda”, si está mal actualizar un 3% de IRPF para las franjas superiores, si habría que gravar esto o aquello. En suma, el asunto de fondo es mucho más denso y nos interpela como sociedad. En esta década de gobiernos progresistas la economía creció y conjuntamente se distribuyó, el Estado expandió (con éxitos y fracasos) sus ramas de acción, asumiendo entre otras cosas a una gran cantidad de compatriotas a quien hasta el 2005 nadie había prestado atención. Se puso al Estado en el centro de las demandas de aquellas personas que requerían diversas políticas sociales, algunas más exitosas que otras. El crecimiento del salario mínimo de manera sostenida, el crecimiento del salario real durante estos años y las mejoras en los niveles de consumo de todos los uruguayos han sido incuestionables. Así lo dicen todos los indicadores. La diversificación energética, de exportaciones, las fuertes inversiones en energía e infraestructura, los más grandes presupuestos de la historia en educación y seguridad también son datos de la realidad incuestionables. Ahora bien, el Estado es en nuestro país un tema de constante debate. Aún aquella derecha que se dice ultraliberal y que impulsa un discurso anti-

Estado ha dado muestras durante el siglo XX de una estrecha relación con él, siendo este el centro de la política clientelistica desde donde se construían sus proyectos políticos. En general tenemos una relación hipócrita con el Estado. No queremos que nos “moleste” en muchas ocasiones, pero queremos que nos salve, que nos asista, que nos sirva todo en bandeja “porque es el Estado”. Bajo esa relación, sumado al fenómeno de la expansión clientelar, fue creciendo nuestro Estado asumiendo una cantidad importante de roles, algunos estratégicos y otros no tanto.

Cuando se afirma que “hay que administrar mejor” como argumento para suponer un despilfarro, o para intentar evitar lo que se intenta hacer parecer como un “impuestazo”, en realidad no se está siendo preciso en los términos. ¿No será que esa imprecisión es síntesis de esa hipocresía que tenemos todos respecto del Estado? ¿No será que no somos tan solidarios como decimos que somos? ¿No será que asumimos rápidamente prácticas ajenas a nuestro lugar social y con ellas asumimos una nueva “visión de la vida” que nos hace olvidarnos del prójimo? ¿De dónde salen los recursos para brindar los servicios, para apostar a la inversión pública, para la educación, para la salud, para los más necesitados? Es falso que los impuestos sean con destino a “los vagos que no hacen nada” (forma ultraderechista de hablar de las políticas sociales) –para esto ver “Mitos y Verdades sobre Políticas Sociales”, MIDES, 2014–. De cada cien pesos que gasta el Estado menos de dos pesos se destinan a las transferencias monetarias (que son sólo ayudas) para la población más vulnerable. Por cada 100 pesos de impuestos, 1,79 pesos se destinan a la “plata para los vagos”. Cualquiera con ganas de hacer un razonamiento lógico y ver datos podrá corroborar estas cosas y podrá ahí recién aventurar un juicio sobre el asunto.

Más allá de otras discusiones, el elemento central es que estamos en un momento de ser moderados, bajaron los precios de nuestros productos exportables, en el marco de nuestra economía siempre sujeta –aunque hoy menos que antes– a los vaivenes externos. En suma debemos equilibrar los coletazos de ese nuevo escenario justamente para sostener lo que jamás debemos recortar: las proyecciones de inversión en educación, seguridad, políticas sociales, todos compromisos intocados.

El ajuste planteado, debe verse no solo en la perspectiva de paliar el déficit fiscal, que es mucho más que hacer foco en algunas experiencias negativas de gestión, sino que se corresponden también con el despliegue del aparato del Estado y de sus inversiones en casi todas las ramas de nuestra sociedad y economía en estos últimos años, sumado al fortalecimiento de las plantillas de funcionarios públicos, pero ahora no en función de las redes clientelares sino en función de cubrir las reales necesidad de un Estado que crece y que debe plantearse hacerse más amigable y eficiente –esto sí es materia atendible– para el ciudadano. Nadie puede pensar que esto es un ajuste como los que se han sufrido en este país.

Un 3% de actualización en el porcentaje de aporte del IRPF no es bajo ningún concepto un atentado al bolsillo de nadie, mucho menos cuando este Estado, al que todos le pedimos y queremos que haga más y más (y soñamos con ser funcionarios públicos), nos necesita. Porque será el Estado, como lo demuestra la historia, quien nos rescate cuando estemos en el fondo, cuando el mercado no haya dejado más que miseria, será el Estado quien rescatará a quienes hoy piden que “bajen su costo”, fue este Estado quien dio soluciones desde 2005 a aquellos productores en bancarrota por las recetas liberales y por jugar en ellas.

En definitiva, en una concepción progresista, los impuestos jamás serán un robo ni un atentado, sino que serán el aporte solidario de acuerdo a las posibilidades de cada uno atendiendo a las necesidades de otros. El debate de fondo es ese, cómo entendemos nuestras obligaciones ciudadanas, cómo sentimos que aportamos para que la balanza se equilibre y los que están pobres sean cada día menos pobres. Una concepción solidaria desde lo social no debe sustentarse en la mera exigencia porque “yo pago mis impuestos”, sostenida en el más crudo individualismo, sino en una concepción de la sociedad como un conjunto interrelacionado e intersolidario.

Publicado en Diario La República