Mauro Mego  

La autocrítica tan temida

06/05/2016

He dicho y escrito en reiteradas ocasiones que no existen frenteamplistas Clase A y otros Clase B. He dicho que esa visión selectiva de entender la interna del Frente Amplio no tiene ningún fundamento, ni desde lo histórico ni desde la práctica militante cotidiana.

Ahora, es bien sabido que el Frente Amplio está en un momento de interrogantes que interpelan severamente su futuro electoral y su propia razón de ser. Hoy, en pleno proceso hacia las elecciones internas estamos asistiendo a múltiples análisis, tanto por parte de los cuatro candidatos que competirán por la Presidencia de la fuerza política como por parte del periodismo, los militantes de a pie, los analistas políticos y hasta la academia.

Todos buscan responder preguntas. Cierto es que, si en algo han abundado todas las opiniones es en definir diagnósticos, muchos basados en extensa bibliografía, en experiencias académicas y en experiencias políticas históricas de otros países. De esa forma los análisis han pasado por el mensaje a los “desencantados”, por analizar las tensiones entre gobierno y partido, por definir las características de las nuevas embestidas mediáticas de los grandes grupos comunicacionales, por subrayar la estrategia regional de la derecha continental y por expresar la preocupación constante por ese flagelo indeseado y corrosivo que es la corrupción.

Si bien hay elementos muy interesantes a la vista, es claro que los candidatos a conducir la fuerza política no harán magia, no esperemos que por un acto mágico se resuelvan la cantidad de problemas que el Frente Amplio (FA) está viviendo hoy. 

Hace unos días intercambiaba con un ciudadano y este me contaba de su terrible dolor por cómo veía la Herramienta en la que su generación había creído, dejando en muchos casos hasta la vida. De alguna manera sostenía un pesar grande por cómo visualizaba, no solo el rumbo de los gobiernos, sino la forma de procesar algunas cosas hacia adentro de la fuerza política. Por supuesto que hemos dicho muchas veces que hay “desencantados” de todo tipo, movidos por las más diversas razones. De todos modos en el marco de este proceso que abrirá el Frente Amplio para elegir su estructura interna, cabrían algunas preguntas centrales para hacernos a modo de simple reflexión.

¿Es comparable el proceso del Frente Amplio a los del resto del continente y del Mundo?

Luego de más de diez años de gobiernos del Frente Amplio podemos ya decir algunas cosas. No afilio a las tesis de la “excepcionalidad uruguaya”, aquella que encuentra en nuestro país una suerte de oasis de cuanto proceso se da en el Mundo que lleva implícita un juicio de valor positivo sobre nuestro terruño.
Ahora, nuestra vocación latinoamericanista e integradora no puede soslayar que hay elementos sociales, culturales e históricos propios de nuestro país que condicionan fuertemente tanto la matriz de ciudadanía cómo la propia estructuración de las fuerzas políticas. Es cierto que el Frente Amplio es una compleja –y casi única– experiencia de integración de diversas fuerzas progresistas, pero a través de ellas subyacen algunas tradiciones, verdaderas larga duraciones que viven y luchan.
¿No ha confiado el Frente Amplio en La Ley como mecanismo casi milagroso de resolución de los dilemas sociales como de alguna manera lo sintió el batllismo de las primeras tres décadas? ¿El electorado frenteamplista escapa a la lógica de una ciudadanía uruguaya demandante basada en la plena confianza en los partidos como intermediadores válidos?
¿No ha encontrado el Frente Amplio FA en la sensibilidad uruguaya algunos frenos respecto de algunas de las propuestas que alguna vez impulsamos desde un lugar de resistencia? ¿Nos quedamos sin estrategia o cumplimos la función que la ciudadanía nos dio al darnos el timón de una sociedad que sigue aspirando, en términos generales, a un sueño de clase media? ¿No seremos presos conscientes de nuestra sociedad amortiguadora? ¿Hemos sido fielmente integrados a la partidocracia uruguaya? Estas preguntas dejan entrever levemente algunas respuestas en cuanto al peso de la cultura en el desarrollo de propuestas de cambio. Nunca más acertado aquel slogan de “el cambio a la uruguaya”. El Frente Amplio debe dejar de trazar paralelismos automáticos con realidades diferentes, de otros países, con otras historias, con otras tradiciones y procesos, sin que esto signifique claudicar al sueño de integración atinoamericano cada vez más imprescindible. Repensar algunas de estas interrogantes es algo que con sinceridad debemos hacer.

La llegada al gobierno significó asumir, por parte de la mayoría de los militantes activos del FA, diversas responsabilidades institucionales. Los “malditos” cargos. Eso, y es bueno sincerarse, produjo cambios en nuestra propia visión de cómo desarrollar cambios en el Uruguay (visualizando resistencias, frenos, oportunidades, el peso de un aparato ya dado, concebido para sostener al status quo), trajo además lo que Pepe Mujica, sirviéndose de la historia romana, ha llamado la “carrera de los honores”, que no es otra cosa que la escalada de responsabilidades públicas ascendentes a las que un político puede aspirar en una República.

Y acá se nos presentan otras preguntas igualmente necesarias. La sectorización cada vez más grande, el fraccionamiento casi microscópico que existe en el FA no responde a una diversidad ideológica tal, sino a las luchas intestinas hacia dentro de todas las organizaciones políticas.
Y es importante aclarar que estas reflexiones son solo eso, reflexiones, que para nada significan trazar leyes generales y aplicables a todos los casos. Pero, ¿cuando hablamos de luchas sectoriales, hablamos de ideología o de poder? ¿Cuánto nos cambia como individuos haber cambiado nuestra forma de vivir? ¿Nos modifica en algo la “comodidad” de la institucionalidad, el sillón mullido, la prensa todo el día? ¿Nos acostumbramos –como seres humanos que somos– a ese ritmo de cosas al punto de ser absorbidos por la maquinaria que alguna vez combatimos? ¿Y la ética? El viejo dilema de los medios/fines vuelve con toda su fuerza y se hace carne viva en la medida que es una fuerza de izquierda la que lo discute. Si bien el FA debe ser siempre abierto a la llegada de nuevos compañeros que comulguen con nuestra síntesis, ¿tenemos identificados aquellos “sapos” que había que tragar? ¿Cuántos más hay que tragar? ¿Es necesario construir una nueva síntesis, un nuevo pacto? ¿Será una derrota la que reordene las prioridades? El costo de una derrota será mayor todavía, ya que –aún con dificultades– estamos convencidos que solo el FA es la herramienta para llevar adelante un país para todos, enfrente tenemos un esquema que reúne las tradiciones más conservadoras de los partidos fundacionales que, no tengo dudas, irán por todo. Pero preocupa que la “carrera de los honores” nos nuble la vista, nos lleve a condicionar opinión y acción según cómo nos hayamos posicionado en la institucionalidad, si quedamos “fuera” o “dentro”.

Preocupa aún más concebir la estructura institucional como un salvataje económico, preocupa como las victorias electorales muestran a veces muchas miserias humanas a la hora de conformar los “equipos de gobierno”, verdaderas luchas por cargos. 

Debemos discutir estas cosas, sin fanatismos, apelando a la honestidad intelectual, sin romanticismos o persiguiendo un ideal superior cuando de humanos se trata; pero se vuelve urgente un sinceramiento. “En política se debe tener ambición” (se refieren generalmente a la ambición por “crecer” políticamente) se dice, y ¿hasta qué límite? ¿A qué costo?

Hoy asistimos a la búsqueda desenfrenada de jóvenes, de relevos políticos. Y no nos cansamos de decir que los jóvenes ya no se enamoran con el Frente Amplio. ¿Quién con 18 años se puede enamorar del oficialismo? ¿Cuántos cambios estamos llevando adelante que le interesen a la juventud? ¿Sabemos a qué juventud le hablamos? ¿Es lo mismo un joven montevideano de clase media que un joven de Tambores, Bella Unión, Nueva Helvecia o Cebollatí? ¿No estaremos hablando de un joven modélico que no interpretamos?
Los jóvenes, los de hoy, terciados por una sociedad abierta al consumo, a lo instantáneo, a la imagen, son mucho más complejos de seducir que aquellos jóvenes únicos de los 60 y no hemos hecho un sinceramiento sobre ello.

¿Qué cambios de los realizados pueden calar hondo en los gurises de hoy al punto de que los apropien y defiendan? Solo podrá seducir fácilmente el discurso contra-autoridad, porque los jóvenes siempre se sienten atraídos por contravenir el orden de cosas impuesto desde los mayores o desde los aparatos represivos. ¿Les explicamos a los jóvenes que la izquierda no tiene otra que administrar estos aparatos? La estructura actual del FA, ¿da cabida a estas generaciones diferentes? Una fuerza política con más de la mitad del electorado, ¿tiene la estructura orgánica que debe tener una fuerza tal? Hay muchas preguntas incómodas que van al seno de, incluso, grandes definiciones históricas. 

La base social desde la que se impulsó la creación del FA tuvo sustento en los obreros y sus organizaciones y partidos, y en la acumulación que estos sectores –junto con los estudiantes y otras ramas de la sociedad no privilegiada– llevaron adelante. Pero también sabía este FA del 71 que debía sostenerse sobre liderazgos individuales, que la “maquinaria orgánica” en un país con historia en liderazgos no alcanzaba. Así fue que aparecieron liderazgos nuevos como los de Zelmar Michelini (proveniente de la Lista 15) y el de un militar de sesgo batllista como Liber Seregni, entre otros. Es decir, hubo una construcción paciente de los sectores organizados de la clase obrera y el pueblo, pero también –fieles a las imposiciones culturales de nuestro país–tuvimos figuras individuales capaces de renuncias enormes, pero que constituían verdaderos liderazgos tradicionales en el sentido político, verdaderos políticos.

Sería ingenuo y poco operativo pensar que sólo las “fuerzas históricas” provocaron el FA. Tuvieron su cuota central, pero también existió la decisión consciente de Hombres y Mujeres, muchos que venían de los partidos fundacionales, estos cada vez más absorbidos por una esponja derechizante y por una burocratización y concertación de sus estructuras.
Hoy, ¿qué hacemos? ¿Le hablamos al trabajador del siglo XXI? ¿Estamos logrando discutir fraternalmente incluso con las organizaciones sindicales? ¿Solo la condición de trabajador organizado es suficiente? Es claro que el FA se fue consolidando como opción electoral y de acuerdo a las leyes (no escritas) de nuestra política se convirtió en una opción ciudadana, un voto prendido con alfileres con el que hay que ser muy fiel y ser muy exigentes con nosotros desde la gestión del gobierno. ¿Y el trabajador público? ¿Y el Estado? ¿Qué hacemos con el Estado? ¿Es este Estado un instrumento para transformar este país casi despoblado? ¿Se puede discutir sobre el peso de la burocracia sin pensar en planes liberalizadores? 

Hay demasiadas preguntas más para hacernos. Pero estamos llamados a sincerarnos, a cantarnos incluso las cosas que nos duelen, en una fuerza en que muchas veces nos cuesta ver entre la niebla, parados en una historia de sacrificios y glorias, debemos estar a la altura de ella. No sé qué pasará mañana, pero no hay un día que como frenteamplista no vaya y venga de la euforia a la desilusión, no hay un día que no busque desesperadamente –como lo hacen muchos– razones por las cuales seguir discutiendo estas cosas. Un militante no debe perder su pensamiento, su libertad de hacerlo siempre, sabiendo que debe ser cuidadoso en no hipotecar lo construido ni ser colaboracionista con la derecha, pero sin hacernos trampas al solitario. Cómo decía ese gran Alfredo que siempre vuelve: “con cantores aplaudidos no se edifica el futuro”. Y dice antes “si cantando no razona, como cualquier proletario, deja de ser necesario cuando el pueblo lo abandona”.

Publicado en Diario La República