Ernesto Agazzi  

La fuerza motriz

04/06/2015

En la historia de nuestras sociedades, las teorías sobre el desarrollo han partido de diversas premisas, coincidiendo en que se trata de un proceso de cambio estructural, que acarrea la industrialización, la modernización de la agricultura, el aumento del conocimiento, y que también acarrea en forma importante el desarrollo de la infraestructura tan necesaria a la vida urbanizada.
¿Cómo se daría ese proceso? ¿Cuáles son sus motores? ¿Cómo se desencadenará?
Estas preguntas son claves para quienes pensamos que nuestra sociedad debe tener cambios cualitativos importantes para ser digna de llamarse más justa, más igualitaria o menos desigual.
Durante la primera mitad del siglo XX nuestro país fue un excelente ejemplo de que el aparato del Estado puede emplearse para iniciar un proceso de cambio estructural.
Pero el fracaso en lograrlo dio lugar a la idea, que incluso fue enunciada reiteradamente por la dictadura cívico-militar, de que el Estado no es el componente central del proceso de desarrollo, se fue desplegando la idea de que el Estado es un problema y es por sus características que no se alcanzará el desarrollo nacional.
Las críticas al Estado arreciaron en la búsqueda de una explicación a nuestro estancamiento y se convirtieron en un clima ideológico adverso a un papel activo del Estado.
Cobraron importancia entonces las teorías del Estado mínimo, que insistieron en que sus funciones básicas eran garantir el derecho de propiedad privada y las reglas de juego de la libre empresa. Debería ocuparse de una suerte de control de la sociedad a efectos de prevenir las violaciones cometidas contra el derecho de propiedad. Difundieron estas ideas y su aplicación las recetas económicas ortodoxas del modelo de ajuste estructural de los años 80, que campeó en el mundo entero.
La paradoja de este planteo es que justamente, quien debía llevar adelante las medidas del nuevo paradigma era justamente el Estado, a quien se despreciaba como actor protagónico de los cambios.
Nadie puede negarlo, el Estado tiene una función central en los procesos de cambio, aun cuando el mismo sea definido como ajuste estructural. Pero, ¿cómo debe hacerlo?, y aquí el asunto se convierte rápidamente en la afirmación de que la clave no es desmantelar el Estado, sino en recrearlo, refundarlo prefiero decir.
El Estado puede ser predatorio porque concentra bienes que extrae a toda la sociedad para su funcionamiento, o porque permite que los derechos se concentren en una minoría privilegiada. Para las mayorías populares no tiene ninguna diferencia aunque se trate de una monumental burocracia inoperante o de una sociedad como el Haití de Duvalier. Pero también puede ser desarrollista, como lo muestra el ejemplo de países que alcanzaron éxitos considerables como Corea, Japón o China y aún, en países con procesos complejos en desarrollo como Brasil o la India.
El Uruguay de los últimos diez años es un excelente ejemplo de una sociedad que ha ampliado su aparato productivo, que ha ingresado en un camino de crecimiento económico, que se inserta con éxito en el mundo global, que respeta la Constitución y las leyes y que distribuye mejor el crecimiento y los derechos.
Pero esas acciones del Estado necesitan organizarse, llevarse a cabo y precisan recursos, que se apoyan en la recaudación impositiva. Hay un sonsonete del alto costo del Estado en nuestro país que no tiene fundamento. La recaudación impositiva de Uruguay no es alta comparada con otros países comparables, y es bastante menor que en Argentina o Brasil. En los países europeos, que siempre se toman como el ejemplo de Estados promotores del desarrollo, las recaudaciones andan en valores mucho mayores a los nuestros. Cercanos al 50% del PBI en los nórdicos, de 44% en Francia.
Cada país elige sus políticas de bienestar y como las financia. Si vamos hacia un 6% para la educación, hacia un Sistema Nacional de Cuidados, o a mejorar jubilaciones y salud para todos los uruguayos, necesitamos quien conduzca estas nobles acciones. ¿Quién puede hacerlo?
El sector de empresarios privados no va a hacerse cargo de estos asuntos, tiene otras tareas, por lo que la única fuerza motriz de esas transformaciones es y será el Estado. Y para ello se necesitan recursos.
Estas políticas son las que caracterizan al Frente Amplio y su compromiso con el bienestar del pueblo, y para llevarlas adelante se necesitan los recursos que exigen.
No es ningún mérito decir que no se van a cobrar impuestos y que después los uruguayos que hemos ubicado en los lugares más infelices queden esperando alguna oportunidad mirando al país como gato a la fiambrera.
Quizás nuestra respuesta depende de con quien tenemos compromiso a largo plazo. Si es sólo con quienes pueden pagar impuestos o si es con toda la sociedad que integramos.
Y para ello necesitamos un Estado fuerte, eficiente, querido, respetado y al servicio de su pueblo.