Alejandro Sánchez  

Que no quede en el tintero...

28/12/2016

El retroceso de la izquierda en la región y los desastres provocados por sus sucesores, representan una alarma para nuestra fuerza política, así como también un enorme desafío. Estamos cerrando un año en el que primaron los conflictos, la derecha no paró de atacar y nuestra actitud pasiva, refleja alguna de nuestras debilidades. Nos hemos quedado sin iniciativa ni propuestas. Tampoco hemos podido establecer un relato común sobre los frutos de nuestros gobiernos o la complejidad de gobernar con los límites impuestos por el sistema capitalista. Resta mucho por hacer, pero lo imprescindible es empezar a hacer Política.

La derecha viene trabajando duro por retomar el control político y económico en el continente. Sus métodos son diversos. En algunos casos no se han preocupado demasiado por las formas, como en Honduras, Brasil o Paraguay, donde por ejemplo, en este último no bastó con la destitución de Fernando Lugo en 2012, sino que ahora el Tribunal de Justicia Electoral, sin la competencia jurídica para hacerlo, dictó una sentencia prohibiendo su candidatura. Vale decir que Lugo es el candidato con mayor intención de voto en las elecciones presidenciales de 2018: 31,5 %, el único que supera el 24% de indecisos. Se puede concluir que sin ningún prurito han revocado gobiernos electos democráticamente, tumbado presidentes y menoscabado las voluntades populares. Estas son señales claras de las batallas que la oligarquía está dispuesta a dar.

Por otro lado, triunfan los productos electorales creados por grandes agencias de publicidad, presentados como hombres exitosos, basando su discurso en el “sentido común”. Dicha representación, prueba de la “clave del éxito” encierra un profundo contenido ideológico: el individualismo más puro -no hay sociedad que se salve sino es en conjunto-. Son empresarios, con mucho poder adquisitivo cuyo valor parecería ser: no pertenecer a ningún partido político, no ser políticos, sino buenos gestores con mejores intenciones. El ejemplo más notorio de este fenómeno es Donald Trump, que junto al triunfo del Brexit y del No en Colombia expresan el descontento de una parte importante de las ciudadanías hacia una “clase política” que no contempla sus intereses, no ha cumplido con sus promesas ni ha cambiado sus realidades.

Este es el caldo de cultivo ideal para el nacimiento de candidatos políticos aparentemente apolíticos. Buenas personas, que no creen en la ideología. En la campaña anterior, supimos tener un candidato (y ahora vemos otro, todos los días en la TV) que dicen no creer en las diferencias entre la derecha y la izquierda, simplemente porque descreen en su existencia. Justamente aquí está el nudo del asunto. La derecha sabe muy bien en qué basar su discurso y llena de contenido todos los espacios que, como izquierda, no somos capaces de completar. Hoy la disputa es por el relato. Es simbólica, si no llenamos de sentido las acciones políticas desarrolladas estamos muy cerca de la derrota  política, que antecede a la electoral. Y esto no implica que estemos preocupados solamente por ganar las elecciones pero sabemos bien que los enormes avances obtenidos en la última década han sido posibles gracias a las políticas públicas de los gobiernos frenteamplistas.

Más izquierda, más derechos

El artículo de Marcelo Leiras"¿Por qué retrocede la izquierda?"(i), muy recomendable, puede ayudarnos a reconocer algunas de las diferencias entre los gobiernos de izquierda y de derecha. El autor basó su estudio en una serie de datos sociales y económicos de un conjunto de países de América Latina, entre los años 2000 y 2014, para responderse a la siguiente pregunta “¿los gobiernos de izquierda son diferentes al resto?”. La respuesta es sí. Los resultados de los países donde gobernó la izquierda son los siguientes: mientras el crecimiento económico fue semejante en la mayoría de los países, el rasgo distintivo de los gobiernos de izquierda fue la redistribución de los ingresos en favor de los sectores con ingresos más bajos, lo que permitió reducir la desigualdad de manera pronunciada y a un ritmo más intenso. Estos gobiernos han sido más estatistas, han aumentado los gastos públicos, ampliado el empleo, bajado las tasas de desempleo, mejorado el salario real, extendido la cobertura y calidad de los sistemas de protección social.

Sin lugar a dudas, las izquierdas fortalecieron al Estado y lo pusieron al servicio de los históricamente postergados. Pero descuidaron fortalecer la sociedad, construir un nuevo concepto de bienestar que incluya la igualdad como eje central. Olvidaron cuestionar (salvo honrosas excepciones, como nuestro compañero Pepe Mujica) una de las mayores victorias del capitalismo: la producción de necesidades artificiales, que encuentran su satisfacción en la obtención de objetos, y colocan el valor de la felicidad humana fuera del sujeto y dentro de un shopping center.

No hay dudas acerca de las diferencias. Sin embargo, hoy la derecha avanza velozmente. Ataca, acusa sin pruebas y repite muchas veces a través de todos sus medios, que el Uruguay no da para más. Quienes vivimos la crisis del 2002, sabemos que sus argumentos son irrisorios y sin anclaje en la realidad, no son más que una expresión de deseo. Pero en este contexto, nuestra pasividad actual nos condena. Si no tomamos la iniciativa y construimos nuestro propio discurso sobre lo ocurrido en nuestro país, en especial en los últimos 11 años, la sociedad hará su síntesis política frente a la televisión y no junto a nosotros. No hemos construido un relato sobre “la década ganada” que contemple lo que hicimos, en qué condiciones y con qué objetivos. Sin él será difícil poder avanzar.

Existe una generación que desconoce las políticas de la derecha porque apenas vivió parte del desastre que las mismas generaron. Creció en gobiernos progresistas, con crecimiento económico, liceos con vidrios y representación estudiantil en los ámbitos de dirección, con la concreción de una agenda de derechos que era impensable para quienes nacimos en dictadura y nos criamos en los primeros gobiernos democráticos. ¿Qué piensan ella acerca de la izquierda?, ¿qué señales le hemos dado?

Porque en momentos donde prima la incertidumbre, producto de las insatisfacciones propias del sistema capitalista, los gobiernos progresistas debemos hacer Política. Como fuerza de izquierda tenemos que dar respuestas a los nuevos problemas del Uruguay de hoy. Por ejemplo: la redistribución del ingreso permitió que muchos uruguayos y uruguayas accedieran a derechos, que antes no tenían. Pero no basta solo con gobernar en favor de las mayorías. Si no generamos conciencia en nuestra gente y recordamos que los derechos de hoy son producto de décadas de lucha social, estudiantil y política, estaremos perdidos. No nos puede ganar la mentalidad residual del neoliberalismo que basa su esencia en el individuo y en su éxito personal. La ideología capitalista basada en el mercado se opone a la nuestra y esta batalla hay que darla.

El consumismo no puede ser la meta. Cada trabajador o trabajadora del Uruguay debe saber que hoy la compensación por su esfuerzo no es igual a las de los noventa. Porque el salario real, las condiciones de trabajo y la negociación colectiva mejoraron el pago por su fuerza productiva. Entonces, sin gobierno a favor de los postergados, sin organización y lucha, y sin derechos no se alcanzan los mismos resultados. Por tanto, la izquierda y la derecha no son lo mismo, aunque lo repita el señor que sonríe en el cartel.

Esta discusión debe darse en el marco de un relato acorde a una estrategia de izquierda que nos permita seguir soñando con cambiar este mundo. Pero a su vez, debemos seguir sumando compatriotas dispuestos a construir  juntos un nuevo horizonte.

i. ¿Por qué retrocede la izquierda?, Serie La media distancia. Ediciones Le Monde Diplomatique "el Dipló". 2016.