Andrés Berterreche  

Lo que queríamos demostrar

26/10/2016

Cuando íbamos al liceo nos enseñaron que debíamos plantear una hipótesis para luego intentar probarla, verificarla y si lo lográbamos, al terminar le estampábamos, aliviados, un “Lo que queríamos demostrar”, o por sus iniciales, LQQD.

Recientemente fuimos invitados a participar en un evento en el exterior vinculado, entre otras cosas, a la introducción de las tecnologías de la información en la producción agropecuaria. En el mismo participaban, además de los representantes del país anfitrión, una delegación de compañeros de varios países de América Latina.

Cuando pedimos la palabra fue para exponer la realidad uruguaya vinculada principalmente a la trazabilidad de nuestro rodeo de ganado bovino y la información que se obtenía para el Sistema Nacional de Información Ganadera.

La primera reacción de los presentes, no de todos porque varios conocían nuestra realidad, fue de cierta desconfianza de la información que habíamos presentado. Y esta actitud que sobrevoló la reunión no solo no impactó negativamente en nuestro espíritu sino que por el contrario nos dio una suerte de gratificación.
Es que si se dudaba era porque se consideraba que era muy difícil que lo pudiéramos hacer, y eso fortalecía el valor de nuestras metas cumplidas.

Se plantearon entonces, por parte de algunos de los participantes, los problemas que se tenían para que estas cosas sucedieran: la voluntad de los productores en hacerlo, el problema acerca de quién era la propiedad de la información (hoy más valioso casi que todo el resto), las dificultades de llegar con conectividad al medio rural, la capacitación de los productores rurales en este tipo de tecnologías y el acceso a las mismas, y hasta un par de pasos antes: la electrificación en el medio rural.

Pudimos explicar que la decisión no había sido voluntaria sino determinada como obligatoria por el Estado, más precisamente por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, y que esto tenía como magnífico resultado no dejar afuera a aquellos que siempre por su debilidad de capital o de información nunca accederían si fuese voluntario, que la propiedad de la información era de los productores y en todo caso para uso en las políticas del Estado para ese mismo organismo, no quedando preso de la apropiación hegemónica de ninguna empresa, que la conectividad se había llevado a una amplia zona rural porque la empresa de comunicación del Estado había hecho las inversiones correspondientes, que muchos productores podían acceder a esta tecnología gracias a que sus hijos en las escuelas públicas rurales, al igual que en el resto del país, habían recibido una laptop de manera gratuita, y muchas veces invirtiendo la lógica clásica eran los niños que enseñaban a sus padres a usarla, y que además la gran mayoría de las escuelas rurales habían sido electrificadas.

Nadie se apropió de los medios para mercantilizarlos, ni tampoco a la información resultante, hubo un crecimiento cuantitativo y cualitativo en la utilización de tecnologías en el medio rural y todo esto nos permitió, entre otras cosas acceder a los mercados mejor pagos de la carne, sin excluir a ningún productor de antemano.
Inclusión, equidad, formación, diferenciación del producto y captación de los mejores precios. ¿Cómo lo hicimos? Con una fuerte y decisiva participación del Estado y de sus empresas públicas, que a su vez tomaron las decisiones correctas de inversión, donde ninguna empresa privada hubiera arriesgado.

Con tono confidencial, un técnico del país europeo nos susurró: “nosotros nos equivocamos. Lo hicimos por la vía de las empresas privadas, salió caro y no se llegó a todos, hubo una gran discusión sobre el uso de la información resultante que aún no está resuelto. Y dar marcha atrás sería imposible”.

Se reafirmaba lo correcto de nuestras decisiones tomadas, del camino recorrido, de los resultados obtenidos. Pudimos sentirnos como aquél estudiante que estampaba su LQQD, con la satisfacción de la confirmación práctica de los enunciados teóricos.

Publicado en elcambio.uy