Mauro Mego  

Los Salieris de Pepe

18/09/2016

El 27 de octubre de 2004 no fue, para nosotros, un día cualquiera. Yo me había integrado a la militancia orgánica y constante algunos meses antes de las internas nacionales de aquel año, próximo a cumplir los diecinueve años.

Había dado el paso a la militancia concreta y lo hice en el Movimiento de Participación Popular (MPP) que tenía por esos tiempos un local en el centro de la ciudad de Rocha. Tempranamente en mis años adolescentes había comenzado a encontrar cómplices en el camino, compañeros y amigos con los que uno encontraba el espacio para preguntarse sobre el mundo y afirmar la necesidad de transformarlo en algo más justo y que esa posibilidad en Uruguay se llamaba Frente Amplio (FA). El mundo no era un lugar justo y, entre canciones del Che en algún viaje liceal, se fue amalgamando la idea de que no era válido mirar desde el balcón este mundo y este Uruguay, había que ser parte protagonista de los cambios.

En 2004 esa idea estaba más madura, la crisis de 2002 había sido la estocada final de un deterioro paciente de décadas, deterioro económico, social, cultural y el comienzo de todo un cambio de paradigma –no sin dolores– en las formas de construcción política. El edificio de casi un siglo disputado entre blancos y colorados crujía por todos lados, cada minuto un poco más, pero el alud final fue aquella crisis. Cuando teníamos el agua al cuello nos habíamos dado cuenta de que el barco construido tenía un montón de agujeros y jamás reparamos en ellos. Así fue que nos tocó descubrir de manera brutal y porfiada, como suele actuar la realidad, que aquel país apacible y confiable del que hablaban los textos ya no existía, que si la “Suiza de América” alguna vez tuvo visos de realidad, hoy no era más que un espectro, una caricatura nacional y autocomplaciente a la que cada tanto echamos mano.

Todo ese escenario agravado en Rocha por la alternancia de dos intendentes: Adauto Puñales e Irineu Riet Correa, colorado y blanco respectivamente. En particular ese período de 2000 a 2005 comandado por Riet significó la mayor crisis institucional que recuerde la Intendencia de Rocha, fue en términos gruesos el desbaratamiento del Estado Municipal, las deudas, la quiebra institucional, un desorden de la administración pública sin parangón. Tal vez los lectores recuerden lo que significó en aquellos años un hecho por demás explicativo de lo antedicho, que fue el no pago de salarios a los trabajadores municipales de entonces que motivó medidas nunca antes vistas aquí como un acampe permanente en la plaza céntrica de la ciudad, la ocupación del edificio comunal y una histórica marcha a pie hacia Montevideo que también culminó con una acampada frente al Palacio Legislativo en la plaza Primero de Mayo.

En este marco gris y raído en el que vivíamos aquellos años, el hartazgo había llegado para quedarse. Todos queríamos ser parte de ese empujón que faltaba para desbancar a los responsables políticos de aquellos días. Año tras año el FA había ido sumando adhesiones de todos lados, provenientes de todas las tiendas, que entendían que el cambio se hacía urgente. Así fuimos construyendo un Frente verdaderamente Amplio, con el Encuentro Progresista y la Nueva Mayoría, con todos y todas quienes se sintieran progresistas y quienes vieran en el FA la herramienta en la cual verse representados. Así nos encontró aquel 27 de octubre con el que comenzamos la nota, era el cierre de campaña, la última actividad del MPP aquí en Rocha, venía para dar el mensaje final un tal José Mujica. Muchas cosas habían pasado desde aquel sorprendente diputado tupamaro en motoneta y campera de jean que conmovió el acartonado mundo político nacional y mediático. Aquel viejo tupamaro, junto con otros tan importantes pero menos visibles, había cambiado el fusil por el micrófono, había entendido como muy pocos por dónde estaban los nervios de la polis y muy especialmente había comprendido como nadie dónde estaban los ejes de nuestra polis oriental.

Si bien la adrenalina subía a medida que se acercaba el 31 de octubre tal vez no éramos tan conscientes de lo que vivíamos. Algunos historiadores hablan del “calor del acontecimiento” y cómo la perspectiva de quienes están inmersos en él a veces no es la más clara para comprender cabalmente el fenómeno que ocurre. Creo que algo de eso nos pasaba, estábamos eufóricos pero no advertíamos lo que con los años fuimos comprendiendo. Para la llegada de Pepe Mujica montamos un fuerte dispositivo de seguridad. Es que había miedo aún, la victoria era inminente y no estaba tan claro cómo nuestro país estaba digiriendo aquellos momentos. Para el acto elegimos el Club CADER de la ciudad, un gimnasio de basquetbol. Allí llegó Pepe entre empujones, rodeado de gente que quería tomarse una foto, tocarlo, darle un beso. El gimnasio repleto. Antes de Mujica hablaron varios compañeros, entre ellos Aníbal Pereyra (hoy intendente de Rocha), en aquellos años era edil y días más tarde se convertiría en diputado. El cierre de la oratoria fue de Pepe, tomó el micrófono y comenzó.

Aquella multitud que rodeaba el tablado de verdad estaba cansada, sus rostros se veían cansados, cansados de escuchar los mismos “entrajados” de siempre y Pepe no tuvo otra idea que apartarse de los temas clásicos: la producción, la economía, qué y cómo íbamos a hacer. Recuerdo algunos pasajes de aquel discurso, no todos, pero recuerdo una parte sustantiva de sus palabras. En un momento aquel “viejo luchador” (como le gusta definirse) se mete con la “felicidad”, se pone a hablar del “tiempo” que falta, el tiempo perdido y el tiempo invertido en correr detrás del dinero, se pone a decir cosas fantásticas en un tono pausado y profundo, habla de la “libertad”, de la libertad de hacer aquello que te hace realmente feliz, derrama sobre la lucha política una lucha superior, una lucha por el ser humano y sus fines en la tierra, le pone alma al análisis político. Dice que un ser humano es libre cuando tiene tiempo para hacer aquello que lo hace feliz, por insignificante que parezca para el mundo. En un momento recuerdo, alguien le arrima una bandera del PT brasileño y la porta con orgullo, no recuerdo lo que dice. Y retoma el tema. Sobre el final a mi alrededor todo el mundo en silencio, gente con la mirada fija, gente con la mirada perdida, y mucha gente emocionada, llorando, entre ellos varios compañeros y mi madre a mi lado que también lloraba. Tengo esas imágenes aún grabadas.

Evoco aquel momento personal. El resto de la historia ya la conocen, nadie iba a imaginar que años después ese titán de la política fuera el presidente de todos los orientales. Pero así fue, mal que le pese a propios y extraños. La figura de José Mujica seguramente no despierte unanimidades, hoy asistimos a un concierto de detractores, de personas que –incluso desde la izquierda– hacen foco en los “defectos” del Mujica presidente, del Mujica personaje del mundo, del Mujica líder político. En un ámbito de egos fulgurantes como es la política muchas veces es bastante lógico que una figura tan determinante de los últimos años genere esas actitudes. La izquierda uruguaya aunque no le guste, tardó mucho tiempo en comprender algunas dinámicas de lo que teóricamente llamaba “pueblo”, salvo en el anclaje obrero-sindical, la izquierda navegó siempre en capas medias urbanas, fundamentalmente metropolitanas, con un fuerte cariz citadino, universitario, intelectualista. La izquierda no comprendía por qué las amplias mayorías del pueblo oriental tomaban opciones políticas tradicionales y no abrazaban nuestros programas “de avanzada”, de “vanguardia”. Pero además nace desconfiada de los liderazgos individuales, con temor a ellos. Tal vez por esa contraposición histórica a las figuras caudillescas tan presentes en nuestra historia. Aún hoy se escuchan frases como “el candidato no interesa, interesa el programa”. Hoy día nuestro propio “discurso oficial” ha hecho hincapié –no sin razón– en nuestra acumulación histórica y en esos aciertos, pero poco se detiene en reconocer las figuras individuales y sus aportes centrales, sus enseñanzas y su mensaje.

José Mujica es sin duda un político a carta cabal, un artesano de la “palabra pública”, como lo entendían los griegos antiguos, un hombre sobreviviente de las catacumbas de la dictadura para transformarse en un encantador de multitudes. Pacientemente entendió que había que derribar –no lo hizo solo, claro está– los muros de aquella izquierda, incorporar no solamente un mensaje que expresara una idea y que tocara la “conciencia colectiva nacional”, sino que además había que transmitir un mensaje superior, de compromiso con la vida. Un mensaje que entre líneas desnuda a un hombre instruido, que ha leído y entiende las claves del mundo contemporáneo y del futuro, un mundo tecnológico y voraz, un mundo de la ciencia para sobrevivir, con optimismo en la humanidad frente a un sistema que ya no es solo eso, sino que es un modo civilizatorio, cuyos cambios no parecen tan sencillos aunque en medio del juego esté la vida de la especie. Por otra parte el mensaje de este líder popular es de una enorme profundidad democrática, saber que en una democracia nunca se tiene todo el poder, que no hay victorias permanentes, que nada se construye con rencor, que se debe ser digno en la derrota pero más digno en la victoria. Conocedor de los avatares de la historia del país y de América Latina, entendió que su mensaje debía tomar esos insumos, que no es operativo solamente abocarse a la unidad latinoamericana sin advertir las complejidades de los derroteros nacionales.

Pepe se transformó en un lector quirúrgico del pueblo, pero no del “pueblo” proyectado desde un libro o desde un púlpito académico, sino del pueblo real, contradictorio, simple, cotidiano. “Sabés una cosa pueblo”, dijo aquella noche de 2009 cuando fue electo presidente de la República, personificó la imagen del pueblo no para el canto demagógico ni simple, sino para incluir en una difusa categoría a todos los orientales. Con sus discursos y acciones no ha hecho otra cosa que seguir luchando, incluso con nuestro perfil de izquierda, luchó y lucha contra el Uruguay estático, de la siesta larga, de los muchos feriados, de la cultura letrada y humanista. Se ha dado de lleno contra esas contradicciones aún dentro de nuestras fuerzas políticas. Mientras en el mundo la gente valora su mensaje y praxis, no falta quien en el paisito, deliberada o encubiertamente, plantee tontas dicotomías para desprestigiarlo, dejarlo sin vigencia, minimizarlo. Dicotomías tontas como los “cambios generacionales”, como discutir sus esfuerzos por invertir para salir del Estado-centrismo y estar más cerca de ese “socialismo no estatista” del que muchas veces habló.

Hoy a Pepe no solo lo golpea la derecha, sino que entre nuestras filas también debajo del poncho a veces aparecen puñales. Algunos no aprendieron las claves de esa acumulación exitosa y el aporte individual de personas como Pepe, el fenómeno político más grande de los últimos 30 años, y plantean “criticas”, buscan solapadamente (porque hacerlo abiertamente sería ir contra todo un sentir popular) apartarse de Mujica con excusas tontas como las diferencias generacionales, cómo las torpezas tácticas de incorporar las microagendas a un debate público totalmente ajeno a lo que las “burbujas” en donde se mueven plantean. Pero Mujica empíricamente gana todas esas batallas y el tiempo dará la magnitud que tiene. Pero gana una batalla central: a uno podrá gustarle más o menos su persona y sus actos, pero hay algo claro: la política uruguaya ya no será lo mismo, la austeridad y el mensaje de “vivir como se piensa” pesa sobre la nuca de todos los políticos hoy, porque Pepe es un actor político integral, casi en extinción, que engloba un mensaje ético-político, filosófico y moral que no se derriba azuzando fantasmas o tonteras que intentan deslegitimar a Pepe por estar “viejo”, o por ver más allá que los tres o cuatro que son como yo y me aplauden todos los días aun cuando el pueblo, el verdadero soberano, ni siquiera sepa quién soy.

Publicado en: Diario La República