Alejandro Sánchez  

¿Dónde nos encontramos como izquierda?

29/08/2016

La izquierda uruguaya protagonizó durante los últimos meses una revitalización del debate interno con la discusión central sobre su futuro. Lo hizo en el marco de sus elecciones internas para la renovación de la conducción política a nivel nacional, departamental y local. Trató de reencontrarse a si misma en el intercambio cara a cara, en los comités y en los territorios, sobre lo hecho hasta ahora y lo que resta por avanzar, que no es poco.

En un escenario regional marcado por la fuerte ofensiva de las derechas para retomar la iniciativa política, lo realizado por el Frente Amplio es significativo, y merece ser analizado con detenimiento.

No es un secreto que los procesos políticos progresistas y de izquierda en la región sudamericana se encuentran en situaciones contradictorias. Un primer elemento, poco analizado hasta ahora, es que en los países de la región en los cuales gobiernan fuerzas progresistas, las derechas se han reorganizado y de a poco se fueron consolidando. Aunque no tienen modelos alternativos para aplicar, despliegan ofensivas en alianza con los grandes medios de comunicación y los sectores financieros ligados al capital transnacional, que son los que le dictan la receta. Con esa fórmula, avanzan sobre todos los logros que mal o bien se hayan podido concretar por parte de los gobiernos progresistas.

En cambio, en los países donde gobierna la derecha (Colombia, Perú, Paraguay), las fuerzas de izquierda aún se encuentran en proceso de reorganización, sin unidad política de largo plazo. En el peor de los casos, dispersas o enfrentadas entre si.

Independientemente de quien gobierne, a nivel latinoamericano necesitamos reconocer la debilidad de los partidos de izquierda, como organizaciones políticas, como organizadores de la realidad. La debilidad de los partidos de izquierda repercute directamente sobre la polítización de la sociedad, y por ello tienen consecuencias sobre el conjunto del sistema político. En paralelo a la ofensiva de las derechas, lo que viene presentándose es la emergencia de nuevos liderazgos conservadores, asociados a un perfil que proviene de fuera de la “política tradicional”, personajes exitosos en el terreno empresarial o que impulsan un discurso alejado de la política. Se presentan a si mismos como envases desideológizados (“ni de derecha ni de izquierda”) que vienen a gestionar el Estado de forma profesional, supuestamente neutra y sin criterios políticos. Sostienen que existe un supuesto “agotamiento de la política para resolver problemas de la gente”.

Uno de los caldos de cultivo ideales para la emergencia de este tipo de planteos es precisamente la ruptura en la polítización de la sociedad, donde las organizaciones y partidos de izquierda dejaron de jugar el papel central. Son varias razones las que explican esta ausencia: la salida de dirigentes políticos hacia responsabilidades en la gestión de gobierno, la desconexión con los planteos estratégicos y de largo plazo, la escasa renovación en los planteos y la militancia.

A lo largo de la historia del Uruguay, la población se ha sabido dotar de organizaciones e instrumentos para incidir sobre el sistema político, articulando los diferentes intereses específicos e ideologías y para generar las síntesis necesarias entre opiniones diferentes. Los partidos políticos han jugado este rol tradicionalmente en Uruguay.

A partir del acceso al gobierno por parte del Frente Amplio, Uruguay comienza a experimentar un proceso de transformaciones, partiendo del cambio en la idea que el país solo podía ser conducido por las élites políticas dentro de los partidos tradicionales. Antes de eso, Uruguay era un país de partida que no retenía a sus jóvenes, no protegía a los niños, no daba suficientes oportunidades a los trabajadores y no reducía las fuentes de exclusión social. Eso de a poco fue cambiando y sin dudas que todavía falta concretar muchas transformaciones, pero más allá del terreno social o productivo, vale la pena centrarse en el terreno político.

El Frente Amplio socializó la política. La participación de la sociedad en política se generó por diversas vías: reconociendo derechos, reestableciendo ámbitos de negociación colectiva, estableciendo regulaciones, generando ámbitos de díalogo social y político, más allá de los resultados concretos de cada proceso particular. El Congreso de Educación, la Ley de Educación, y la situación de la educación en la actualidad, es un ejemplo de proceso en el cual el resultado no está a la altura de los componentes que lo integran.

Por esto, cuando hoy se habla de que el Frente Amplio se encuentra en crisis, y se asocia esta supuesta crisis a problemas de participación, masividad y movilización, se pierde de vista que las consecuencias van más allá de la situación partidaria, y se extienden sobre las posibilidades de la sociedad uruguaya de continuar politizándose.

Los problemas pasan por otro lado. Pasan por la ausencia de conducción política, de formación política y de información a la base partidaria, y finalmente por la ausencia de un díalogo estratégico con los sectores organizados de la sociedad, particularmente el movimiento de trabajadores.

Hay que estar alertas contra el riesgo de vaciar a los partidos políticos, algo que sucede si se convierten en meros depósitos vacíos para el emprendedor político más exitoso del momento. Allí donde no hay partidos fuertes, con vida orgánica propia, con objetivos y procesos de discusión en los cuáles aquellos se debaten y se clarifican los medios para alcanzarlos, en esos casos, los procesos de cambios sociales se terminan deteniendo y en muchos casos, volviendo atrás. En muchas oportunidades incluso se ha visto como ante la ausencia de partido o organización política que sostenga los procesos de transformaciones sociales y económicas, se intenta recrear detrás de un liderazgo exclusivo estructuras de gestión política.

En Uruguay se está queriéndo implantar de a poco un sistema político de “menos partido”. Ese escenario favorece a dinastías políticas, millonarios volcados a la política, y otros tipos de outsiders.

Un partido débil no tiene capacidad de cumplir su programa. Este es uno de los principales riesgos que corre el Frente Amplio...-En la medida que mucha de la energía militante de las llamadas “bases” y de los sectores se dirige a la discusión del programa, este luego se convierte en el resultado de un proceso político que unificó una propuesta: el Frente Amplio deja de ser coalición cuando aprueba el programa, que es el programa “de todos”. Si el Frente Amplio continúa sin conducción política, el programa que es la expresión del conjunto se queda en papel escrito, sin posibilidad de salir de el.

Por ende, el fortalecimiento del Frente Amplio se asocia directamente con las posibilidades de concretar el desarrollo en el Uruguay.

Las lógicas de gobierno y de construcción de gobernabilidad son muy demandantes y existe el riesgo muchas veces constatado que se confunda organización política con gestión de gobierno. Esas lógicas en el peor de los casos terminan succionando toda la energía de las organizaciones políticas, que se ven reducidas a poleas de transmisión desde lo gubernamental a lo societal.

Hay que evitar este camino, porque conduce no solo a fracasos electorales, sino a derrotas políticas y estratégicas.

La restauración conservadora propone una supuesta “nueva política”, lo cual nos genera contradicciones, y demuestra que tenemos pendiente el planteo estratégico para la etapa que se viene. Ya sacamos al país de la crisis, ya demostramos que podemos gobernar. Ahora es preciso enfrentar la idea (posible) de que el período histórico del Frente Amplio no es más que una anomalía en el devenir de los acontecimientos, luego de lo cual todo volverá a una relativa estabilidad.