Héctor Tajam  

DISCRIMINACIÓN: UNA HISTORIA DE GÉNERO

19/07/2016

Por MSc. Gabriela Cultelli

 

NOCIÓN DE PATRIARCADO

Eso que le llaman “PATRIARCADO” y que se ha constituido en parte del día a día nuestro y del mundo, no es otra cosa que la expresión de un sistema de hegemonía social, y por tanto colectiva, familiar, o sea que atraviesa a toda nuestra sociedad, al mundo.
Es intrínsecamente violencia porque es una forma de dominio, pero es más, es hegemonía, en tanto que atraviesa la superestructura ideológica, cultural, universalizando así su forma de existencia.
Es la expresión de la hegemonía de lo masculino sobre lo femenino, que va mucho más allá de un problema hombre-mujer. Es que no es un problema biológico. Es un problema Social.
Si es un problema SOCIAL, es un problema histórico, que aprendemos a llevarlo adelante e incluso a trasmitirlo. Así es como en el día a día aparecemos las mujeres como principales reproductoras del mismo, en tanto que reproductoras de los comportamientos sociales en general, como mujer-madre o mujer-educadora o mujer- fuerza de trabajo.  Somos también impulsoras, en tanto que ideología o cultura hegemónica, pero también y sobre todo somos víctimas, a pesar de que al mismo tiempo y como reproductoras seamos victimarias. Así nos forman y nos formaron a los hombres y las mujeres desde pequeños en la casa, en la escuela, en el barrio, en el trabajo, en todos lados. Así vivimos o sobrevivimos una realidad que solo hace pocos años comienza a visualizarse socialmente.
Y como otras formas de hegemonía, el Patriarcado le vino como anillo al dedo al Modo de Producción Capitalistas, que en definitiva actuó sobre este fenómeno ampliándolo, imponiéndolo renovadamente, dinamizándolo en todo sentido como parte integrante de la sumisión real del trabajo al capital. Cambia constantemente, aunque ese cambio pueda traer implícito y en tendencia de largo plazo su propia desaparición. Grados de libertad (parafraseando a Amarthia Sen) que vamos logrando bajo el mismo sistema de explotación y en virtud de sus propias contradicciones. Dimensión esta última, que si no es tomada en cuenta, resulta difícil comprender los acontecimientos históricos, incluso los más recientes, porque negar ciertos avances en torno a equidad de género no parece demasiado realista.
Como decíamos antes, retomamos aquí la tesis de que AL CAPITAL LE SIRVE MUY BIEN ESTA Y CUALQUIER OTRA FORMA DE DISCRIMINACIÓN, pero especialmente ésta dado su significado económico, PORQUE ASÍ abarata la fuerza de trabajo incrementando el grado de explotación, o lo que se dio a llamar tasa o cuota de plusvalía.
Es que a las mujeres por igual trabajo se les paga menos que a los hombres y a MENOS SALARIO- MÁS GANANCIA, así de sencillo y así de complejo. Complejo porque no se trata solo de estados contables, o de una medición esquemática en términos de precios, costos y ganancias, sino de una Relación Social, de Producción, pero social en si misma con toda las contradicciones que esto implica.
En definitiva, las mujeres fueron hasta hace poco, una especie de enorme ejercito industrial de reserva (más de la mitad de la población) con importantísimo peso en la reproducción de esa fuerza de trabajo (por tanto del capital) y presionando a la baja real del valor o precio de la fuerza de trabajo en tanto que de manera más generalizada realizaba trabajos no pagos directamente. Hoy a ello se suma la incorporación directa al mercado de fuerza de trabajo, y una vez que el capital necesitó de su ductilidad, menor organización social y posibilidad de menores salarios por igual labor, tema en el que volveremos más adelante, pero que desde ya señalamos como la principal conclusión de esta exposición.
No se trata de reducir el patriarcado a una relación social de producción, o dicho de otra manera, a una categoría económica, pues es mucho más amplia, en virtud de su presencia en prácticamente todo tipo de estructura social y estamento de las ideas. Pero sin reducirlo, no podemos dejar de expresarlo como tal. Es el patriarcado pues, en estos términos (o sea no únicamente), también una relación social de producción específica, parte del entramado global y universal de las mismas.
Vista así la cuestión, el patriarcado no solo “atraviesa” la hegemonía de clase, sino que es parte de ella. Por tanto, no solo “atraviesa” la lucha de clases, sino que es parte de ella.

DISCRIMINACIÓN: UNA HISTORIA DE GÉNERO

Existe diversa demostración empírica, y más allá que esto es también discutido hasta nuestros días, de que el patriarcado comienza cuando dejamos las cuevas y la caza, cuando el desarrollo de la división del trabajo hizo socialmente más importante los trabajos que requerían mayor fuerza bruta, o típicamente masculinos, porque eran los que de hecho generaban mayores excedentes, directamente.
O sea, cuando generar excedente se convirtió en la tarea esencial humana, más importante que la reproducción familiar, los cuidados del hogar, el fuego y la cría o los trabajos típicamente femeninos de entonces, comienzan las épocas de predominio de lo masculino sobre lo femenino. El Patriarcado tiene lugar una vez que comienza a existir el excedente y con ello la apropiación privada del mismo, las clases, y la explotación de clases. El patriarcado no existió siempre, se desarrolló y cambió a través del tiempo.
Así vista la cuestión, la historia de la explotación es también la historia del patriarcado y de la lucha de clases, luchas que de una u otra manera involucraron a las mujeres y sus problemáticas sociales, colectivas y particulares. Son tiempos que abarcaron y abarcan más de una formación económica social en sí misma, ex antes y posiblemente ex pos al Modo de Producción Capitalista.
Así pasó en el mundo en épocas de la esclavitud cuando se adueñaron hasta de nuestros cuerpos. Así pasó en épocas de rebeliones antifeudales y las cacerías de brujas, en definitiva rebeldes y luchadoras por un futuro mejor, quemadas en la hoguera. Y quemadas fueron 100 obreras en la textil “COTTON” un 8 de marzo de 1908 en chicago y tras huelga. De allí que conmemoremos el día internacional de la mujer.
Así pasó en América Latina desde nuestras luchas de independencia hasta hoy. Así paso en Uruguay desde las lanceras de Artigas hasta hoy. Mujeres tan bravías y valientes como la leyenda imagina tras los cuentos populares de la libertaria Soledad Cruz, que no pudo tener por hombre más que otro sobrenatural personaje, un lobizón (hombre lobo) dada su imponente presencia; o mujeres tan reales como la doña Eva recogida en las páginas de “Las mujeres, ¿dónde estaban?” de María Julia Alcoba, la misma Violeta Setelich, o la joven Susana Pintos y tantas y tantas otras, que incluso hoy, pero sobretodo mañana, andarán por nuestras calles, mujeres anónimas o públicas, pero fundamentalmente mujeres trabajadoras.
Pero a la par y en todo momento atravesamos el siglo con luchas gremiales específicas, como las de las obreras textiles; en las Sociedades de Resistencia de lavanderas, planchadoras, fosforeras y cigarreras de 1901, en cuya federación se crea en 1910 la asociación femenina de oficios varios. En 1946 conmemoramos por vez primera el día internacional de la mujer cuando se hiciera cargo  la Unión femenina del Uruguay. De hecho la lucha de las mujeres uruguayas se dio, más en el plano de las luchas de los trabajadores y el pueblo en torno a derechos económicos y sociales, por la liberación nacional, junto a nuestros compañeros. Siempre en desigualdad de condiciones, siendo esa misma desigualdad entre compañeros y compañeras una contradicción interna en el seno del propio pueblo, manifiesta en sus propias luchas, y muy especialmente en las que concretamente se vincularon a la liberación de la mujer y dentro de ello, la equidad de género.
Claro que en ningún momento lo expuesto, desconoce las luchas específicas o particulares por estos derechos concretos, que podrían situarse recién en los albores del siglo XX, y a nivel mundial, con aquellas primeras activistas por igualdad de derechos laborales y luego ciudadanos (el voto), los sistemas de cuidado, que surgen a principios del XX con las primeras guarderías organizadas por agrupaciones obreras, hasta los movimientos feministas europeos y yanquis de los 60, 70 y a posteriori. Mucho menos pretende minimizar las luchas específicas en tal sentido acaecidas en la América Latina y el Uruguay en estos y otros tiempos, es más de alguna manera los esgrimimos como eslabones contradictorios, dialécticos de una misma unidad. Hoy, como en otros tiempos, volvemos a levantar la consigna “Por la liberación de la mujer” si bien entendida en un concepto más amplio que la equidad de género, integrada formal y esencialmente por esta.
De hecho, todos estos temas en Uruguay vuelven al tapete masificados, vinculados sin dudas al avance de la izquierda en el gobierno, desde esta “revolución de los derechos” que acabamos de vivir en estos años recientes y a pesar de todas las contradicciones del caso. Pero sin duda, y para que ello fuera así con organizaciones sociales que ayudaron a hacer visible el tema, o partes sustanciales del mismo como las formas de violencia diversas que entraña- Por ejemplo “mujeres de negro”, este mismo evento y su organización convocante creada no por casualidad a la salida de la dictadura etc., pasando por los sindicatos, el mismo Frente Amplio y sus organizaciones político-partidarias, pero superándolo y con creces. Es que la misma dialéctica de las diversas formas de luchas populares, trajo aparejado que por vez primera un congreso frenteamplista tenga todo un capítulo relativo a lineamientos programáticos para el próximo quinquenio sobre género, que va mucho más allá de simples declaraciones en términos de equidad, o líneas aisladas en torno al tema.

LA LIBERACIÓN EN TERMINOS DE LO POSIBLE: UNA MIRADA DESDE LA ECONOMÍA DE GÉNERO

Muchas veces, abordar los temas de género, desde las ciencias económicas se toma como un análisis particular del mercado de trabajo. Esto es sí y no, pues escogemos un análisis desde la categoría fuerza de trabajo, en la particularidad histórica de trastocarse en capital, más que una simple descripción de oferta y demanda, ni siquiera incluyéndose la complejidad de la segmentación o incorporando la cuestión de las subculturas, por mencionar algunas corrientes de estudio de los mercados de trabajo en general que puedan servir de base a la tratativa del tema en cuestión. Lo expuesto no descuida la importancia de la descripción, pero no se queda solo en ello, sino que pretende utilizarla o volver a ella en otro estadío, luego de un proceso analítico.
En tal sentido, diferentes indicadores muestran divergencias de comportamiento y evolución dispar en ocupación y salario para hombres y mujeres, algunos destacados en nuestro anexo. En términos de desempleo, no solo desciende casi consecutivamente en estos últimos 9 años, sino que el femenino lo hace en mayor grado, disminuyendo la brecha en relación al desempleo masculino según muestra el cuadro 1. De igual forma el cuadro 2 manifiesta un crecimiento de la tasa de empleo mayor en mujeres que hombres, redundando también en un achicamiento de la brecha ocupacional, a pesar que las distancias son aún considerables pues la tasa de desempleo en mujeres es hoy 39% mayor que la de hombres; y la tasa de empleo es hoy un 37% mayor en hombres que en mujeres.
Así la participación de ingresos en los hogares proveniente del trabajo de mujeres también se ha incrementado según el cuadro 3, a pesar de que si observamos un trabajo publicado por inmujeres, MIDES 2013, el trabajo de las mujeres estaría remunerado entre un 85% y 73% en relación al de hombres, diferencias que varían según la escolaridad adquirida, brecha que también marca cierta mejora en comparación con el 2009 (cuadro 4).
Sin embargo, particularmente y por la implicancia social que pueda llegar a tener destacamos principalmente nuestro cuadro número 5 (anexo). En tal cuadro se observa un cambio no menor en nuestra fuerza de trabajo y su composición: a diferencia de principios del siglo XX, dónde nuestra fuerza de trabajo femenina declarada como mercancía era el 4%, o diferente al censo de 1963, dónde la misma llegaba al 26%, hoy casi la mitad, un 46% es femenina. ¡Vaya  si ha cambiado esta gran fuerza social dinamizadora de los cambios!. Cambios no menores que se describen no solo en el Uruguay y la Región, sino en el mundo.
Por un lado el desarrollo tecnológico y la necesidad cada vez menor de utilización de la fuerza física en la producción, hizo a la mujer igualar al hombre en algunos casos y en otro superar en virtud de otras destrezas productivas e incluso de comportamiento. En ello primero los trabajos de la industria textil, y que hoy se generalizan hacia otras ramas industriales, la informatización, el agro, el transporte donde manejar camiones y vehículos de gran porte otrora era patrimonio excluyente de hombres, sumándose a ello otros servicios, o bienes de la producción inmaterial como la educación que en grandes regiones ya se ha universalizado a nivel primario, tendiendo ahora al secundario, sectores donde la mano de obra femenina aún compone mayorías importantes; así como el desarrollo de los sistemas de cuidado, retroalimentando estas formas de mercantilización.
Desarrollo productivo y tecnológico que alcanzó también a las llamadas “labores domésticas”, permitiendo elevar la productividad del trabajo en el hogar y que de esa manera la mujer, que aún sostiene el peso mayor de tales tareas reproductivas, pueda convertirse en fuerza de trabajo reproductora directa de capital, entrando al mercado también como una mercancía especial en términos de capacidad de reproducir muchas veces su propio valor, para otro ajeno a su núcleo familiar: el capitalista.
Cabe aquí destacar a manera de ejemplo el desarrollo de la cocina familiar (habitación) desde la leña, al queroseno, al gas y la electricidad; el impresionante adelanto de los muebles de refrigeración, así como de diversos utensilios que hicieron más rápida la labor, sumada a la globalización cultural y la adquisición de conocimientos diversos en el arte culinario; habitación que pasó de enormes dimensiones, a las de pequeña, a la adaptación de las cocinas llamadas “americanas” de los años 60, a la habitación de trabajo colectivo que hace a la moda de los hogares modernos. El advenimiento y generalización de los lavarropas, pañales desechables y formas de vestir de producción masiva con menor vida útil y menor precio, entre varios adelantos tecnológicos que se universalizan en un consumo cada vez más desenfrenado, como necesidad de la reproducción social, también en los términos materiales de la riqueza generada y su distribución.
Por otro lado, el proceso de incorporación de la mujer al trabajo socialmente reconocido o sea al mercantilizado, se dio por su propia necesidad de consumo, determinada por la misma producción de lo que le es ajeno (como producción y realización de plusvalía); o por necesidad de la pobreza en términos absolutos y por tanto como necesidad material de la reproducción de la fuerza de trabajo en sí misma. Es que el fenómeno de la incorporación masiva de la mujer al trabajo se dio en países desarrollados y en países subdesarrollados como el nuestro y otros más pobres de la región y el mundo.
De hecho pudiera parecer paradójico hablar de grados de libertad nuevos a la vez que mencionamos la incorporación de la mitad de la población, de la mujer, con su fuerza de trabajo al mercado. Parecería entonces contradictorio tal planteo cuando en definitiva describimos el desarrollo de un proceso nuevo de explotación más social y directa. Tal vez lo sea, pero en definitiva así funciona, grados de libertad en tanto que ser social o más socializado, grados de libertad en la incorporación al trabajo, en tanto que mayor independencia doméstica, que no implica que ocurra al mismo tiempo una mayor dependencia social en términos de capital. Grados de libertad en términos de desarrollo social, pues implican también su contrario: el desarrollo de clase en si a clase para sí de la otra mitad de la población mundial.
Es que decíamos antes, que ese enorme ejercito de reserva, dado por la fuerza de trabajo femenina, que hoy el capital comercializa en estos lados del mundo masivamente, tiene características que pueden hacerla más atractiva en varios rubros que la fuerza de trabajo masculina, y que va mucho más allá de su condición biológica, relacionándose directamente con su comportamiento social. Está descrito y observado que las mujeres tienen hoy menor organicidad social que los hombres, y en caso de tenerla, mantienen menos representatividad de sí mismas y consecuentemente menos fuerza en sus demandas sociales. Más no parece ser una situación perdurable en tendencia, y los cambios, aunque a manera de individuos a veces no parezcan, se están sucediendo aceleradamente.
No solo se trata de querer ser sujeto de los cambios, sino que objetivamente nos estamos transformando en ello.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

1- El Patriarcado es la expresión de un sistema de hegemonía social
2- La historia de la explotación es también la historia del patriarcado y de la lucha de clases, luchas que de una u otra manera involucraron a las mujeres y sus problemáticas sociales, colectivas y particulares. Son tiempos que abarcaron y abarcan más de una formación económica social en sí misma, ex antes y posiblemente ex pos al Modo de Producción Capitalista.
3- Hoy es un hecho la incorporación directa de la mujer al mercado de fuerza de trabajo, y una vez que el capital necesitó de su ductilidad, menor organización social y posibilidad de menores salarios por igual labor; conjugándose con la necesidad reproductiva de la familia trabajadora. En Uruguay el 45% de la fuerza de trabajo mercantil es femenina, nuestra masa de mujeres dejó de ser parte del enorme ejército de reserva.
4- No solo se trata de querer ser sujeto de los cambios, sino que objetivamente nos estamos transformando en ello. Es que la nueva situación para nosotras también nos va transformando de clase en sí en clase para sí.

ANEXO

CUADRO 1

CUADRO 2

CUADRO 3