Ivonne Passada  

La crítica y la ética en educación

04/07/2016

Durante mucho tiempo y bajo varias investigaciones, análisis y distintos estudios, definíamos que para tener una lucha contra el neoliberalismo debíamos ir desarrollando un nuevo humanismo, y la escuela pública juega y jugará un rol importantísimo en este tema.

Debemos cuestionarnos y colocar en debate que la educación va mas allá del proceso de la escolaridad, con su rol social de ir transformando la realidad, para que los educandos sean parte de esa polea, donde deberán siempre encontrarnos en un proyecto emancipador y liberador.

Hoy nos atrevemos a preguntarnos dónde están esos proyectos emancipadores que teníamos en nuestros horizontes y que eran parte de nuestras utopías, porque si bien el escenario económico y social en nuestro país ha variado –hemos aumentado nuestra matrícula, la ANEP sigue siendo el principal proveedor de la Educación en nuestro país, tenemos en el 2015 674.777 alumnos en el sistema, 45.322 docentes y más de 12.000 funcionarios dentro de la enseñanza pública–, algún ruido estamos teniendo, y no es a mi modesto pensar un tema solo económico.

Uno ve que hay un proceso que estamos atravesando por cual el capitalismo intenta construir una lógica contraria a esa educación liberadora que nos ha llevado a pensar, forjar y construir transformaciones en la educación aunque el presente nos fuera adverso. La inversión mejoró notablemente en estos años, no lo suficiente debido a que teníamos dos curvas, en los años noventa crecía la matrícula en su curva ascendente pero chocaba con la curva descendente que era la inversión y los recursos.

A eso debíamos agregar que esas políticas educativas llevadas adelante durante los años 90 y 2000 proponían crear herramientas básicas con el concepto que la educación podría llegar a ser una mercancía más, donde el Estado sacaría su pata del lazo como órgano rector de las políticas públicas de una nación.

Hoy sería injusto negar el pasado y no mirar el futuro con esperanza en materia de educación. No podemos dudar que la educación tiene un papel fundamental en el proceso de transformación social, la educación nos puede servir para liberarnos o para alienarnos, promover en nuestros educandos visiones críticas e emancipadoras o que acepten la realidad como algo incambiable. El profesor juega un rol incomparable cada vez que abre la puerta de un aula de clase, es la verdadera libertad de cátedra.

La clase de una escuela liceo o UTU, sigue aun siendo un lugar de conflicto, por eso precisamos docentes que coloquen en la agenda diaria los desafíos propios de lo cotidiano. Sabemos que la coyuntura a veces no es adversa, que tropezamos con las seducciones del discurso capitalista, que educadores y educandos colisionamos a diario con estas expresiones y hasta a veces quedamos prisioneros de ellas.

Pero el compromiso sigue siendo crear los caminos para una transformación social. Nada puede haber modificado nuestras bases fundacionales, de la formación de una conciencia crítica permanente, donde no debemos perder de vista quedarnos solo en el discurso, o en lo cotidiano. Nuestro pensamiento en materia de pedagogía liberadora será el construir un tiempo que nos permita ir cambiando la coyuntura y el futuro que aspiramos, transformando las estructuras. Para eso es necesario evaluar permanentemente los procesos, teniendo en cuenta que en educación quien esté muy apurado se equivoca, porque los resultados son lentos, los avances se ven cuando se pone lado a lado el pasado con las conquistas del presente.

Por eso la práctica y la teoría van juntas, pero la debemos acompañar con una ética del trabajo, una ética que ponga en el centro los derechos de los más oprimidos, de los pobres, de aquellos a los que el juego perverso del capitalismo los llevó al consumo, a la violencia, a la muerte, a la necesidad de adquirir a cualquier precio en el mundo de la compra y la venta lo que esa sociedad del consumo nos coloca a diario ante nuestros ojos, la triste lógica neoliberal, donde al individuo se lo medirá en el mundo por su producción y su consumo, la mercancía no puede ni debe regular las relaciones humanas.

Los educadores tienen esa fantástica potestad de cambiar y reinventar el futuro, de formar protagonistas socialmente éticos, de transformarse y transformarnos en seres éticamente creíbles.
Una Escuela Pública, un docente, un funcionario público no puede quedar aferrado al currículo. Debemos tener la sensibilidad de abrirnos a la comunidad, a los actores sociales, a la familia, al barrio a una cruzada liberadora, porque la posibilidad de hacerlo la tenemos, y apropiarnos de la historia también es parte de un pensamiento crítico.
Giovanni Sartori decía: “izquierda es la política que apela a la ética y rechaza lo injusto”. Es momento de ello, apelemos a la ética y rechacemos lo injusto.

Publicado en Diario La República