Patricia Ayala  

Lenguaje y pensamiento

23/06/2016

Generalmente vamos por la vida desde tempranas edades tomando partido, como decía mi abuela, a favor o en contra de algo o de alguien.

Esto nos ubica en un lugar donde debemos buscar o generar argumentos para defender o atacar el objetivo en cuestión, dependiendo del lugar que optemos para ubicarnos. Esta opción muchas veces es impuesta, algunas por mandato, otras -en determinadas circunstancias- implícitas, otras enmascaradas, pero que nos hacen pensar que somos nosotros los que elegimos.

Un ejemplo tan simple como el cuadro de fútbol, otros no tan simple como los padrones de belleza, de comportamiento, de expresar nuestras emociones, de lo que significa ser hombre o mujer.

Encontramos estas disyuntivas en los diferentes ámbitos de vida, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las religiones, en lo que escuchamos o vemos en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Generalmente tendemos a polarizar las situaciones o discusiones, y en la vorágine diaria, no nos tomamos un instante, para tomar cierta distancia corriendo el eje para verlo de otra forma y enfocar desde otro punto de vista.

También sucede en este mundo, que si no estás a favor o en contra, de acuerdo a lo esperado por el colectivo mayoritario de la sociedad, caes en una suerte de desgracia, pasás a ser un inadaptado o en el peor de los casos, te piraste. Y comenzará un proceso que tenderá a expulsarte y que en muchas ocasiones lleva al silencio del “cuestionado”. Esta teoría se conoce como la espiral del silencio.

Donde yo trabajo es muy común escuchar (y yo lo he utilizado muchas veces al expresarme), afirmaciones como: luchar a favor de, luchar contra, resistir, derrotar, vencer, pelear, hablar de enemigo y muchas expresiones más.

En realidad la forma de expresarnos, el lenguaje que utilizamos, devela nuestra forma de pensar, las concepciones implícitas en ella y los engranajes mentales que cada uno de nosotros lleva impreso de acuerdo a las improntas de nuestras experiencias de vida.

Un ejemplo de algunas expresiones que podríamos cambiar utilizando otras, sacándolas de las tendencias polarizadoras es “Lucha contra la violencia…” por “Una vida libre de violencia…”.

Con un simple cambio en la terminología, nos saca de la confrontación y nos incursiona en un transitar hacia un objetivo común y compartido por todos.

Acá nos podríamos preguntar, ¿quiero ganar yo y mi postura o quiero que ganemos todos?

Si nos hiciéramos esta pregunta con más frecuencia, estoy segura de que nos ahorraríamos mucho tiempo de vida para emplearlo en otras cosas o en nosotros mismos.

Cuando hablo de violencia, ¿cuánto de ella la genero yo misma?

Y así podría seguir enumerando diferentes situaciones, ¿les parece posible preguntarnos, replantearnos y ubicarnos en otros lugares para tomar contacto con otros puntos de vista y dejar de sentirnos permanentemente amenazados y estar siempre aprontándonos para el ataque?

Publicado en Diario La República