Manuela Mutti  

Eufeminismo

01/11/2017

¿Es el feminismo un eufemismo? Es decir, ¿una expresión políticamente aceptable?
Yo creo que sí, que dentro de la política está bien visto hablar de feminismo, como queriendo con una palabra englobar la lucha contra todas las injusticias que sufren las mujeres.
Pero también existe un creciente desencanto, fruto de algunas terminologías o herramientas propuestas, de propios y ajenos, que debilita la idea de una sociedad en donde el género (ni nada) no sea un determinante de desigualdad.  

Más allá de nuestras respuestas, es necesario preguntar para poder establecer el límite entre el discurso lindo, lo políticamente correcto que es hablar de feminismo, y la conservadora realidad.

¿Sensación térmica?
Hace un tiempo se me acercó una artista y compositora nacional, con la que compartimos historias heredadas de padres militantes y amigos, para problematizar sobre la escasa participación femenina y de artistas emergentes en los escenarios más importantes de nuestra música popular.

“¡Qué raro, una mujer garroneando su lugar!” espetaría un audaz payador. Como si fuera delito pelear por nuestros lugares. Lo cierto es que, solo en 2016, en 10 eventos, 16 fueron las mujeres que participaron, de un total de 249 artistas. Un escueto 6,4%.
Los datos pueden resultar engañosos cuando se comparan cosas al azar y sin ningún criterio, pero en este caso hablamos de: “Festival del Mate” en San José, “Patria Gaucha” en Tacuarembó, “Festival del Olimar” en Treinta y Tres, Festival en Durazno, “Semana de la cerveza” en Paysandú, Semana de Lavalleja, “Feria de la música” en Montevideo, “Antel Festival” en Carmelo, “Música de la tierra” en Jacksonville y el “Abrazo Solís Grande”.
Y de ese 6,4%, de esas 16 mujeres, hay que descontar las 2 argentinas.

En un próximo artículo podríamos hablar de cuánta $ se lleva un artista masculino y cuánta una artista, ahí las diferencias se agrandan más todavía.

Propiedad Privada y Derecho de Admisión
En el actual sistema estas dos premisas pesan tanto como un dios, hasta cuando hablamos de la cultura. El empresario pone el precio del ticket y las personas que quieran disfrutar de la grilla propuesta lo pagan, así de simple es la relación.

Pero cuando el estado, nacional o departamental, apoya o promociona, las cosas deberían ser distintas. Porque el estado es la expresión de sus ciudadanos, que a través de sus representantes nacionales han decidido empezar a resolver las desigualdades. Y, por sobre todo, el estado tiene el deber de establecer cuál es la música que mejor lo representa o cuáles son los ritmos/artistas que quiere preservar/incentivar. Eso sin contar el hecho de que si le pagamos fortunas a Ricardo Montaner, el Puma Rodríguez, Los Nocheros o el Chaqueño Palavecino, y un largo etcétera de músicos internacionales…estamos no solo invirtiendo en culturas/ritmos extranjeros, sino que además hablamos de $ que no se va a gastar en nuestro país.

No estoy haciendo juicio de valor sobre qué música deberíamos escuchar, ni diciendo que esos artistas no se merecen lo que cobran, y -menos que menos- estableciendo un proteccionismo “a lo Trump”. Porque también hace a la cultura propia el conocer culturas ajenas a través de sus artistas. Estoy hablando de que como país debemos invertir en nuestros artistas, para que no mueran en la pobreza como grandes nombres de nuestro acervo musical nacional, y en la diversidad que nos caracteriza (diversidad de género, de edad, de estilos musicales, de territorio).

Estoy hablando de establecer criterios para que nuestros artistas estén representados en todos los espectáculos que el estado auspicie o promocione. Y dentro de nuestros artistas, que las mujeres puedan superar ese paupérrimo 6,4% de representatividad (que no es reflejo de la realidad) y que demos buenos lugares a los artistas emergentes, en su gran mayoría jóvenes.  

Cultura o rédito
Es el gran debe que tenemos en la izquierda, sobre todo en el interior, cuando vemos departamentos con intendencias frenteamplistas que reproducen esta lógica de “contratar a los que atraen más público”. Es un tiro en las patas.

Porque, además, la masividad es una construcción de pequeñas decisiones. Y con esas pequeñas decisiones, buscando el rédito inmediato y no la transformación, vamos negando la discusión, negando las demandas.

La izquierda no debe tenerle miedo a los artistas y, mucho menos, a los conflictos culturales. Ellos, los conflictos culturales, “…poseen una repercusión sistémica muy alta, sobre todo gracias al papel que la cultura está adquiriendo en el nuevo contexto globalizado latinoamericano. Por eso se trataría de conflictos estratégicos clave a la hora de entender el impacto sobre la globalización, la gobernabilidad y la democracia. Los conflictos culturales son incubadoras de riesgos, pero constituyen a la vez un barómetro del nivel de democracia y pluralismo de una sociedad.”